145 El padrenuestro


EL PADRENUESTRO




Pongamos que un ángel llegado del Cielo, en un momento cumbre de la Tierra nos trajera del confín del Universo, de parte del Todopoderoso Dios de todo lo creado, un sobre para que lo abriéramos, en un día feliz de este nuestro mundo, fecha que recordar ya por los siglos de los siglos. 

El ángel se detendría a su entrada en la Tierra, en espera de que le enviáramos a alguien digno de recoger lo que nos traía de parte del Altísimo, Creador de todo cuanto existe.

Quizá elegiríamos a un niño entre millones, selección muy cuidada, porque habría de ser lo más inocente, buena persona, alegre, listo y piadoso que tuviéramos para que se adelantará al ángel, a recoger el sobre que se nos enviaba desde el Lejano e Infinito Sacro Trono del mismo Dios.

El ángel, mirando a los ojos al niño, nos había dicho a quienes vivimos aquel momento único en la Historia de la Tierra:


- Dios, que os quiere mucho, se alegra y desea que cuando habléis con Él le digáis esta oración. La tenía compuesta desde su eternidad, porque Él, ni os figuráis, es eterno.


El Lope de Vega, el Cervantes o el Dante Alighieri mejor que tuviéramos en ese momento de la Historia leería en voz alta el escrito que nos trajo el ángel, de modo y manera que el redondo mundo entero oyera de rodillas, previa frente en el suelo, en gesto de postración y adoración.

¿Y qué es lo que nos leería? La oración que Dios quiere que le dirijamos cuando nos pongamos a rezarle.


Vosotros, pues, oraréis así:

Padre nuestro, que estás en los cielos… (Mt 6, 9ss)



¡¡¡¡¡ La oración del padrenuestro!!!!!


Lo formidable, lo del todo inimaginable, es que no fue un ángel venido del fondo sin fondo del Cielo, en vuelo eterno y temporal a la vez, como tal ángel (del lat. tardío angĕlus, y este del gr. ἄγγελος ánguelos; propiamente 'mensajero'), enviado del Altísimo para una misión única, sino que fue el mismo Dios, quien se nos vino a la Tierra y en un momento feliz del Universo, en las fértiles campiñas de la Galilea de los gentiles, bajo un sol que aquella tarde brillaba como nunca brilló, con palabras filtradas por el encanto divino de Cristo hombre, nos dijo lo que quería escuchar de nuestros labios, nuestra oración continua, las palabras que decirle al hablar con Él, las que encantan al Eterno.

¿Y cómo es que esta oración que el Cielo escuchamos de labios del mismo Dios, en aquella tarde de sol y gloria, en Galilea, no está subiendo de continuo al trono del Altísimo, como si su redonda Tierra fuera un incensario que perfumara todo el Universo con las palabras mismas que Dios quiere que se le digan desde este rincón del Universo?

Por de pronto, aunque sin merma del rendimiento infinito que se le debe, en vez de decirle a Dios, Dios o Todopoderoso, la habríamos de llamar Padre, con la mayúscula inicial que sabemos, Padre, Papá (cariñosamente papaíto, Aba: eso, en el transcurso de su vida pública se le escapó a Jesús: es el nombre en el que más descansa y le hace feliz).

Y después de decirle ¡Padre!...¡Padre nuestro!… lo que sigue


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           Corazón de las Sagradas Escrituras


                               lo llama el Catecismo de la Iglesia Católica

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            Sus siete peticiones son 

         

             el candelabro de los siete brazos 


              del Antiguo Testamento.


  • (Santo Tomás de Villanueva)



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El Salterio 


es un adelanto del padrenuestro. 


(Beaucamp)



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CARLOS URDIALES RECIO

Maestro. Universitas Lateranensis

Emérito UCJC

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