145 Cuentos del abuelo. Al hilo de los hermanos Grim

 

CUENTOS DEL ABUELO

 ¡Los cuentos del abuelo!

Cuentos de Martín y Telesforo 
         
               

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                                                   EL POBRE Y EL RICO


Hace muchos años un duendecillo quiso saber qué hombres eran buenos y generosos y cuáles eran malos y egoístas.

Se vistió con ropas de pobre y salió por los caminos.

En esto vio una casa grande y hermosa. En ella vivía un hombre muy rico.

Llamó a la puerta y pidió pasar allí la noche.

Pero el dueño, viéndole tan pobremente vestido, no solo no le abrió, sino que desde la ventana le ordenó a gritos que se marchara, que no molestara.

No lejos de allí, el duendecillo encontró una casa donde vivía una familia pobre.


Llamó a la puerta , le abrieron y le dieron de cenar unas patatas cocidas y un poco de leche. Además le dejaron dormir en su cama, mientras el hombre pobre y su mujer lo hicieron en un montón de paja.

Por la mañana se levantaron temprano y prepararon el mejor desayuno que pudieron.

Al despedirse de esta buena familia, el hombre pobre les aseguró que nunca les faltaría ni salud ni un pedazo de pan. Y además les dijo:

- ¿Os gustaría tener una casa nueva?

- Huy! Claro, si eso fuera posible…

Ahora mismo os convierto tu casa en un palacio. Los bendijo y se marchó.

    

Cuando al día siguiente se levantó el hombre rico vio que la casa del pobre ahora era un lujoso palacio. Preguntó por medio de su mujer cómo pudo ser eso.

El matrimonio pobre le explicó todo lo que había sucedido con un hombre pobre que llamó a su casa la noche anterior.

Cuando el marido supo lo ocurrido desesperado montó en su caballo y a todo galope buscó al pobre para pedirle otro palacio y muchas riquezas.

Lo encontró y con engaño le pidió perdón y se disculpó.

El pobre le dijo:

- La próxima vez, cuando pase por tu tierra, entraré en tu casa.

Como el hombre rico era muy ambicioso y sabiendo que el hombre pobre tenía poder para concederle lo que le pidiera, le dijo:

- Quiero que los tres primeros deseos que tenga se me concedan.

- De acuerdo- le dijo y desapareció.

Montado en su caballo ya de vuelta iba tan contento.


En esto, su caballo se desbocó y empezó a saltar peligrosamente. No había manera de dominarle.

- ¡Quieto! ¡ Alazán! ¡Quieto!

Pero el caballo seguía dando golpes y brincos incontrolados.

- Ojalá te rompas el cuello, ¡maldito! – le gritó.

Y en ese mismo instante el caballo cayó al suelo y se le rompió el cuello y murió.

Se le había concedido su primer deseo.

Volvía a su casa cargado con la silla de montar, hacía mucho calor y el peso de la montura se le hizo insoportable. Pensó entonces en su mujer, que estaría sentadita en el fresco salón de su casa, y en su mente, como era un hombre malo, deseó un mal para su mujer:

- Así estuviera sentada mi mujer, subida en una silla de montar y no pudiera bajar de ella.

Llegó a su casa y allí estaba su mujer subida en una silla de montar, desesperada, maldiciendo su situación.

Viendo el marido su tribulación, le dio lástima y formuló su último deseo:

- Quiero que mi mujer pueda bajar de ahí.

Al instante se cumplió su último deseo. Este hombre, al final, cambió su mal corazón por un corazón bueno.

El duendecillo estaba contento por haberse obrado este cambio.

La familia que había sido pobre, vivió feliz durante muchos años por haber tenido un buen corazón.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.


  ¡¡¡Los cuentos del abuelo!!!

  
                                       TELESFORO MORENO PÉREZ 
                                                                    Maestros. Cuentacuentos. Radio
                                   
           

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