MAYO, 2026
NUESTRA ESCUELA NO ES UNA MÁS
A nuestra Escuela le va el gran horizonte. No deseamos que se la elija por excelente ni por sus éxitos académicos ni por su didáctica... En esas tres posibles virtudes o fuerzas suyas podría ser una más y hasta sobresalir entre excelencias. Podría sobresalir en otras cualidades educadoras. Lo que a nuestra Escuela únicamente le va es el gran horizonte.
Quienes vienen a nuestras escuelas que se descalcen de sus andares de aldea o de ciudadanos de a pie y que se pongan alas o turbos potentes porque en nuestras pistas se despega hacia grandes horizontes.
El lema de nuestra Escuela para quien sepa algún latín lo dice clarito: tot lumina, tot limina.
Nosotros estamos con Unamuno en su “Vida de don Quijote y Sancho” cuando nos está diciendo desde su prólogo: ¡Poneos en marcha! ¿Que adónde vais? La estrella os lo dirá. No la pedagogía, sino la estrella: la lumina que termina en limina.
En nuestra Escuela hacemos a la letra con nuestros maestros y profesores lo que más adelante en ese su libro nos viene diciendo Unamuno: Si alguno intenta durante la marcha tocar pífano o dulzaina o caramillo o vihuela o lo que fuere, rómpele el instrumento y échale de filas, porque estorba a los demás oír el canto de la estrella. Y es, además, que él no lo oye. Y quien no oiga el canto del cielo no debe ir en busca del sepulcro del Caballero.
A nosotros nos consume, como a los cruzados de Unamuno, la fiebre incesante, la sed de océanos insondables y sin riberas, un hambre de universos, un gran horizonte.
Nosotros no fuimos a la Escuela del Magisterio para “formarnos”, menguada tarea. Tampoco a nuestros alumnos tratamos de “formarles”, sino de lanzarles al gran horizonte, a su estrella, a la que en el cielo luce para ellos y brilla para todos. En marcha estamos. La estrella, el gran horizonte es lo que nos habla, dice y señala la meta y el gran horizonte que nos hizo ver el Cielo y hacia el que marchamos.
Nuestra Escuela sigue tras esa luz. No es una más. Es ella.
MAGISTERIO |
8. Calderilla literaria
1 Lo que nosotros llamamos calderilla de la lengua hoy está en retroceso en el mundo de la escuela y se desestima. No así entre nosotros.
2 No suele darse particular importancia a estas menudencias del trabajo de la lengua. Los profesores despiertos y experimentados aprecian el valor de esta calderilla: giros del lenguaje, modismos, dichos, sentencias, refranes, adivinanzas, greguerías, trabalenguas, canciones populares, declamaciones, versos memorizados, etc.
3 Reducir el trabajo de la lengua a su estudio científico es quedarse en su esqueleto y no dar paso a su cuerpo serrano: sistema cerebral, sangre que circula por minúsculos vasos sanguíneos, etc.
4. “Con los refranes, Sancho Panza habría gobernado su ínsula más discreta y felizmente que los políticos hábiles con sus reglas de Estado y con su más sutil astucia”(Herder). Refranero exhaustivo es el de Luis Martínez Kleiser. Recoge 65.083 refranes: “Refranero general ideológico español”, Ed. Labor, 1953.5 Los refranes, cargados de filosofía aldeana, fueron mucho tiempo un medio didáctico popular, rudimentario y conciso, una guía de buenas costumbres, como en su tiempo lo fueron el gnomo griego o el proverbio hebreo. Hoy siguen rezumando la saladísima gracia de nuestra tierra.
6 La calderilla literaria, además de sonar agradablemente y de estar menos encorsetada por exámenes, deja detrás de sí una estela de amabilidad, posibilidad de juego y momentánea alegría.
7 Por ejemplo, en castellano los modismos se cuentan por millares. El ingenio popular engendró y sigue engendrando nuevos modismos. Dígase lo mismo de refranes, adivinanzas, trabalenguas... Tienen siglos de vigencia. Han circulado, desde siglos atrás, por aldeas, pueblos y ciudades de la geografía española, donde suelen ser moneda de ley de justeza, ingenuidad y bien decir.
8 La calderilla literaria tira de la tiesura de la lengua académica y la descargan de su rigidez, mediante ráfagas de ingenio y de travesura.
9 La lectura de greguerías y su composición por los alumnos, inicialmente rudos y torpes, agudiza la observación de objetos, desarrolla la imaginación que los perfora, desemboca con frecuencia en humor gratificante y en la necesidad escolar de un saludable triunfo creativo.
CARLOS URDIALES RECIOMaestro. Profesor de Lengua y Literatura
Emérito UCJC
Palabras y personas (II)
Propósito de buena conducta de un anciano,
en otro tiempo maestro
En nuestras vidas, maestros y maestras que ya vamos avanzando por edad, jubilados y entrando en la ancianidad, en nuestras vidas a veces falta personalizar la esperanza. Llegamos a vivir como si la esperanza no tuviera sentido. Claro: si todo es medible según el dos más dos, cuatro. Por eso lo del dedo y el contrapicado.
Por eso más de una vez resulta que no hemos asumido que las verdades lo son en cuanto nos capacitan para seguir buscando otras, matizar las conocidas, fascinarnos ante las todavía por conocer, empequeñecer o relativizar lo poseído, descubrir su motor, su alma de deseo por encima de su ambición de exactitud definitiva.
No es fácil, nada fácil, sobre todo cuando tu vida no ha transcurrido cerca de otras, es decir, cuando las vidas a tu alrededor eran más de personas que trabajaban contigo que personas de las que dependiera el sentido de tu vida.
Ocurre que en la vida una cosa es saber cosas, conocer hechos, tener datos… y otra, diferente, poder conocer, poder memorizar, poder demostrar. Poder, ser capaces de: esto segundo es lo más importante pero más de una vez lo olvidamos en nuestra profesión.
El maestro debe ayudar a que su alumno descubra y ejercite su propia capacidad de llegar a los saberes. No le hace ningún favor transmitiéndole los que él domina, si no le ayuda a ver cómo es vivir buscando las cosas, las palabras, los motivos, los remedios. Si no le ayuda a ver la importancia de la búsqueda de todo eso que él sabe, entonces ha fallado.
Esto segundo es lo que le constituye en maestra o maestro: ser testigos de la necesidad y la posibilidad de conocer. Educar es ante todo mostrar la vida, su necesidad y su satisfacción, su camino entre carencias y posesiones. Educar es ayudar al alumno a descubrir la melodía que une todas las notas de una canción y hace de todas ellas una sola realidad. Y es llamativo cómo los alumnos, cuando lo perciben, aprenden mucho mejor todo lo demás.
Por eso a veces nos cuesta tanto, a los maestros, envejecer. Por no habernos ejercitado, como maestros, en descubrir las melodías de la vida.
La felicidad reside en vivir ese paso: descubrir que tu vida ha sido precisamente eso que ahora mismo sigue estando a tu alcance. Porque hoy sigues pudiendo dejarte ver y además puedes hacerlo sin ni siquiera preocuparte de estarlo haciendo. Basta que seas tú mismo, tú misma, mirando la vida con interés, conociendo y juzgando en silencio, construyendo tu visión sin programa ni didáctica, coordinando tus recuerdos de otro tiempo y tus sorpresas de hoy mismo, viva y vivo.
…Seguramente hoy, a tu alrededor, hablan una lengua que tú desconoces pero que aparentemente suena igual que la tuya, con otra gramática y sorpresas en el vocabulario. Por eso tus palabras parece que suenan, pero significan otra cosa. Mejor callar.
Tu rostro, en cambio, tu mirar y escuchar, tu silencio, eso sí se entiende. Exactamente igual que hace cuarenta años: la verdad, como la vida, estaba más en las personas que en las enciclopedias.
- Breve estrambote: hay maestros que, cuando perciben todo esto y todavía están en ejercicio, dejan de ser maestros y se reducen a procedimientos para que sus alumnos memoricen cosas. También, también pasa, sí.
PEDRO MARÍA GIL LARRAÑAGA
Maestro, teólogo
Del estilo al "gran estilo"
A la hora de los atajos o de echar campo a través para conseguir para nuestros alumnos el gran estilo del que hacemos meta en nuestro magisterio, siempre acudimos a la misma fuente: a San Manuel Bueno, mártir, al diálogo entre Angelina y Don Manuel:
«Pero, ¿es usted, usted, el sacerdote, el que me aconseja que finja?». Él, balbuciente: «¿Fingir? ¡Fingir, no!, ¡eso no es fingir! Toma agua bendita, que dijo alguien, y acabarás creyendo».
En La tía Tula, aunque menos citado, Unamuno nos apunta algo parecido:
Porque ella creía que no era el suelo, sino el cielo, a lo que había que mirar antes de plantar un retoño; no al mantillo de la tierra, sino a las razas (1) de lumbre que del sol le llegaran, y que crece mejor el arbolito que prende sobre la roca al solano dulce del mediodía, que no el que sobre un mantillo vicioso y graso se alza a la umbría.
Nosotros sabemos que el noble señor de La Salle, que abrió sus Escuelas cristianas para los hijos de los artesanos y pobres de la Francia de su tiempo, bastó con que a la enseñanza que les daba añadiera el ejercicio de los modales y el moderado ceremonial de sus costumbres nobles para que desatara la envidia y los malos modales de los “maestros calígrafos”. La Escuela Cristiana educaba y cambiaba a sus discípulos. Había que acabar con aquellas EE. CC. que ennoblecían a los hijos de los artesanos y a los pobres.Quizá hoy hay que seguir el ejemplo de hace cinco siglos: empezar por instaurar en la Escuela el ceremonial de buenos y nobles modales: vocabulario digno, porte y modales, dosis suficientes de urbanidad y deferencia, cierta gravedad, jerarquías, silencios, pulcra y completa presentación de ejercicios, limpieza en todo, uniforme o vestido impecables, etc.
¡Por el estilo, al gran estilo!
CARLOS URDIALES RECIO
Maestro. Profesor de Lengua y literatura
Emérito UCJC
(1) En la Colección Primera Biblioteca recogimos nosotros que la palabra razas viene del bajo latín, radius, rayo. Rayos que entran por una abertura.
Nosotros marchamos como los que llenan la calle sobre la que va el soneto.
Pero en nosotros hay una llama interior que nos quema el alma y nos alumbra el sentido de la marcha.
Desde la pasión por Cristo, por España y por el Magisterio -lumina- avanzamos
compactos, cantando nuestra hermosa canción de la Luz -del limina- hacia la que vamos.
AFDACUARELA MAYO, 2026
He visto brotar la primavera en la primera flor blanca de un almendro madrileño. Luego, puntuales, otras flores blancas, rosadas, amarillas… y la primera rosa, madrugadora, del rosal. Pero Madrid estrena la primavera vistiéndose de verde -calles, parques y jardines- suavemente, intensamente… como con acierto cantó A. Machado: “la primavera besaba suavemente la arboleda y el verde nuevo brotaba como como una verde humareda”.











