A pesar de Freud…
No todo el mundo está de acuerdo con las teorías de Freud acerca de la psicología humana. Atrás quedaron los tiempos en los que el psicoanálisis trataba de ganarse un hueco en el conjunto de las ciencias. Hoy día, a lo máximo que puede aspirar es a ser considerada una técnica terapéutica, entre todas las que se encuentran a disposición del especialista en las afecciones del alma. Sin embargo, pese a la mala reputación de la que goza su fundador en gran parte de las facultades de psicología, Freud es de esa clase de personajes de los que se suelen recordar los errores, los fracasos y las extravagancias, y no tanto cuán profundos fueron los aciertos e innovaciones que aportó a su disciplina, y que hoy damos por hecho como algo evidente.
Fue Freud el que puso sobre la mesa la idea de que las afecciones físicas pueden tener causas psicológicas. Fue Freud el que puso la atención en la escucha del paciente como método para tratar esas afecciones. A la luz de esto, Freud nos legó una de las intuiciones más reveladoras acerca de la psicología humana, a saber: que sus patologías tienen una estructura logocéntrica. El discurso del paciente es tanto la sintomatología como la vía de acceso a sus causas.
A eso que producía alteraciones en el lenguaje, deslices, tartamudeos, en los pacientes, Freud lo llamó el inconsciente. En el discurso del paciente, en sus silencios y autocorrecciones, se encontraba la vía de acceso al origen de la patología, que Freud llamó trauma. En el lenguaje del paciente se abría su persona: sus recuerdos y sus deseos, su pasado y su futuro.
Claro que los trabajos de Freud acumulan ya más de un siglo, y es razonable preguntarnos cómo entendía él eso a lo que nosotros nos hemos referido como “patologías del alma”. Hace un siglo, estas se conocían como histeria, acaso un cajón de sastre donde los médicos situaban todos aquellos cuadros clínicos que implicaban alteraciones en la psicología del paciente, sin poder dar cuenta de sus causas. En el volumen XI de sus obras completas, Freud da una de las caracterizaciones más elegantes de lo que él entendía por histeria. Compara los síntomas de un histérico con los monumentos de una ciudad, como Londres. Para el enfermo, sus síntomas, sean espasmos repentinos o alteraciones del habla, son “símbolos mnémicos”: formas abstractas en que se codifica y manifiesta un recuerdo o vivencia no asimilada por la persona afectada. De la misma manera, una ciudad está plagada de tales símbolos mnémicos. Freud pone el ejemplo de la antigua “Charing Cross”, en Londres. Esta se erigió en el siglo XIII, para recordar a la difunta esposa del rey Eduardo I, Eleanor. Los londinenses actuales no prestan demasiada atención a tales monumentos en su día a día: van al trabajo, hacen sus recados, se dan paseos frente a ellos…
Estos monumentos, si bien incitan el recuerdo del pasado, no impiden el desarrollo práctico de la vida de sus ciudadanos. Ahora bien, pregunta Freud, “¿qué dirían ustedes de un londinense que todavía hoy permaneciera desolado ante el monumento recordatorio del itinerario fúnebre de la reina Eleanor […]?” Esto, amigos, es precisamente lo que sobreviene al enfermo de histeria o al neurótico, con respecto a sus propios recuerdos.
El pasado pesa en la mente del hombre, y el fracaso en su asimilación como parte de la identidad de uno mismo es precisamente eso que Freud descubrió podía causar las patologías que hoy día se estudian en las facultades en las que se le desprecia. Freud cambió la forma de entender el alma humana. Nos guste o no, todos somos sus deudores.
Máster en Filosofía
Universidad de Granada
Crematorio
Golders Freen, Londres
Urna con las cenizas de Sigmund y de
Martha Freud
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