145 Pisa brevis

 


Pisa: el Informe, no la Torre


Si me dicen que existe un método pedagógico que dé a los niños un amor al oficio y el gusto por un trabajo que es la expresión del ser; si se añade que ese método proporciona al educador el mismo sentimiento de participación y plenitud que ilumina el oficio del campesino y humaniza la tarea ingrata del pastor; si veo a los educadores que practican este método recobrar la vida y el entusiasmo, no tengo que ir más allá en mis informaciones; este método es el bueno…

Parábolas para una escuela popular, C. Freinet



Este último mes la palabra ‘Pisa’ aparece por todos los medios de comunicación. Y en todos ellos lanza la pregunta de qué pasa con nuestro modelo educativo.

A mí me hace pensar en el pasado y el porvenir de mi Institución, en el camino que ha ido haciendo a través de mis avatares personales. Y, lógicamente, me entristece pensarlo en términos de final. Prefiero hablar de cambio.

Es mucho más que un ejercicio de cinismo institucional, en el que se pretende disfrazar el fracaso vistiéndolo de categorías históricas. ‘Cambio’ significa reconocer que vivimos en un tiempo del todo diferente al que dio lugar a todas nuestras instituciones sociales y que tal vez ese tiempo nuevo está transformado nuestras cosas como lo hizo con otras para que nacieran las nuestras.

En este caso, el cambio afecta a nuestra institución escolar, a la red de instituciones que llamamos educativas.

  

Tampoco ellas existían a principios del XVIII. Nacieron con una sociedad que las necesitaba y se constituyeron a su servicio. Configuraron programas y métodos, instalaciones y presupuestos, la red de sus actuaciones y su presencia en las diversas administraciones sociales.

Constituyeron, sobre todo, la figura del educador, de la maestra, del grupo y la comunidad educadora, del proyecto escolar. Esto fue lo decisivo. Entendieron, sociedad y escuela, que necesitaban un tipo y un grupo de personas fiable, garantía del diálogo entre la sociedad y los tiempos nuevos.

Y dieron con él. Desde Calasanz, Comenio, La Salle, Rousseau, Pestalozzi, hasta Costa, Montesori, Freinet, Faure… Cada quien es libre de añadir los nombres que tenga más cerca de su corazón y su cabeza. En la obra de todos ellos quedó el común denominador de aquel diálogo, vivido como llamada, fidelidad, compromiso.

Hoy, por todo el mundo, se ha ido difundiendo la sensación de que, a pesar de sus éxitos o su necesidad, la cosa no va.

Ha ocurrido, en la educación, exactamente lo mismo que en la organización mundial de la relación entre los Estados. Porque también su organización venía del XIX, con otros nombres, y la sociedad necesitó estabilizarla en la primera mitad del XX, esperando que su consolidación de lo conocido garantizara el éxito de lo porvenir.

Sólo cincuenta años después de los grandes acuerdos que sellaron la segunda Guerra Mundial, habían aparecido las grietas en la estabilidad pretendida. Ya para los primeros setenta del siglo pasado eran abundantes las alarmas. Para finales del siglo eran evidentes sus insuficiencias, como vimos con la Caída del Muro y el nuevo sistema de Monedas.

Después, en la generación que ha ido transcurriendo de este nuevo siglo, se ha hecho evidente que todo aquello, además de sostener unas estructuras costosas y de alcance mundial, nos aporta bien poco. Estamos en manos no de los equilibrios políticos sino de los intereses económicos globales.

Entonces recordamos aquellos nombres de hace ochenta años: Schumann, Monet, Adenauer…, los combinamos con aquellos otros del nacimiento de la escuela moderna y ¿qué aparece?

Esto: el proyecto, el compromiso, la fidelidad, la creación. La Vocación, sí.

Pisa, este Pisa de ahora, me lleva a pensar estas cosas. Y a decirme si también yo habré contribuido en la deriva desde la profesión y el ministerio hacia la ocupación y el contrato laborales, de la persona y la comunidad educativa hacia el funcionario y la organización escolares.

Lo que encuentro, en mi casa, en mi comunidad, en mi escuela, en mi sociedad…, es que la idea de vocación ha desaparecido o casi. (Podéis preguntar por ella en cualquier centro de estudios superiores).

                      

Me doy cuenta de que silenciosamente, al igual que los organismos políticos y económicos que conocimos, nuestra escuela ha ido poco a poco perdiendo esa componente de creación. No de adaptación a lo inmediato, no, que en eso seguimos bien atentos. Me refiero a la consideración de la vida y la sociedad como desafío necesitado de instituciones que le den respuesta.

Poco a poco nuestras vidas, gentes de escuela o ciudadanos en general, han ido quedándose en el lado organizativo de la vida, viviendo de sus rentas, ampliando sus premisas hasta donde se pudiera, siempre según el modelo anterior. Sencillamente: lo que va de ser maestro a trabajar de maestro. O de la vocación al funcionariado.

Y me digo que algo o mucho de esto debe de estar en la raíz de los fallos de nuestros sistemas educativos. Porque, si esto es real, esto de la vocación y el funcionariado, la educación se rige por otra cosa que por su fidelidad a las personas.

Entonces, cuanto nos propongamos para rehacer la escuela estará igualmente regido por el mejoramiento de los resultados más que por el crecimiento en las relaciones, en la fidelidad, en la pertenencia. Y así, la satisfacción de tanta maestra y maestro cuando llegan a mejorar resultados se basa más en los resultados mismos que en el sentido de la vida que con ellos alcanzan sus alumnos.


Freinet y la Escuela nueva
Este Pisa me dice que nuestras maestras y maestros necesitan vivir intensa y continuadamente el gozo de su quehacer. Encontrarse con el misterio de la fidelidad en el corazón de su trabajo. Descubrir el diálogo profundo entre pensar y vivir, conocer y compartir, ofrecer y fecundar, organizar y pertenecer. Y crear desde ahí su programa.

Por eso sé que necesitamos que nuestros equipos directivos se propongan precisamente como su primera preocupación el ayudar a que los miembros de sus centros gocen en lo que hacen.

Es decir, ayudar a descubrir qué hay de vocación en el gozo del trabajo de maestro. Vivir así toda nuestra formidable renovación pedagógica. Asentarla en esa conciencia y hacer que la alegría del educar sea tan objetivo de la renovación como la capacitación profesional del educando, como quería Freinet.

También sé que algo de esto entrará en mi último examen.


Pedro María Gil Larrañaga

Maestro, teólogo


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