146 El padrenuestro (2)

 

 EL PADRENUESTRO     


Padre nuestro (1)


El Dios de los filósofos, de suyo, no es “padre”, sino fundamento último de toda la realidad. Escapa a todo concepto que quiera definirlo. Siempre habría que ir más lejos en la definición que lo intentara abarcar, hacia un horizonte sin horizonte, inaccesible. La teodicea nos hace un servicio descubriéndonos la inefabilidad de Dios: nos lleva a la admiración y a la sorpresa ante el Ser que hace posible la respuesta al sentido y a la justificación de toda realidad, en cuyo espacio está la mía personal, mi propia vida.


Retrocedemos en el tiempo menos de dos milenios y en medio del pueblo de Israel nos encontramos un día con un hombre que se llama a sí mismo “Hijo” y que cuando descubre a los suyos el hondo misterio de su vida le llama a Dios “Padre”. Habla en conversación con sus discípulos del Padre mientras señala a los lirios del campo, que se visten mejor que lo hizo Salomón, y a los aves del cielo que no siembran ni tienen graneros. Del fondo de su corazón le sale esa palabra para nombrar a Dios en su oración. 

Ante el tremendo misterio oscuro de Dios, que conoce bien, le dice a Dios con cariñosa emoción Abbá, que deberíamos traducir por Papaíto. Lo llama así no sólo mientras descubre las bellezas y las esperanzas más hermosas que rodean al hombre por encima del absurdo de su existencia, sino también cuando se hunde en la tristezas de muerte de su agonía en el Huerto de los Olivos (había vuelto el diablo con su maldad, el pecado de los hombres la caía encima como oleada y toda miseria, incluido el vacío de la existencia) y cuando, alzado en cruz, recitaba el salmo “Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado”. Sus últimas palabras son, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.


CARLOS URDIALES RECIO

Maestro. Universitas Lateranensis

Emérito UCJC

                 

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