¿Es el cristianismo una mitología? Esta es una de las preguntas que F. W. J. Schelling, el famoso filósofo idealista y contraparte de Hegel, se hizo en sus lecciones sobre filosofía del arte a principios del siglo XIX. Para Schelling, la pregunta acerca del arte es una pregunta acerca de la mitología, pues esta resultó siempre la materia de aquel. En este artículo, así como en las siguientes entregas, exploraremos la relación entre mitología, religión y arte en Schelling, y cómo esto desemboca en una comprensión del cristianismo absolutamente original en este filósofo.
Antes de responder a nuestra pregunta, empecemos por el principio. Schelling concibe el arte como expresión real de las ideas universales contenidas en Dios, más allá de sus expresiones mundanas y finitas. En Dios se encuentra toda posibilidad, y su esencia consiste en la identidad absoluta ante lo posible y lo actual. Por ello, es el único ser incondicionado, en tanto que él se determina a sí mismo y no en virtud de otro. Dios, para Schelling, es el Absoluto, pues nada hay fuera de Él, sino que Él es fundamento de todo. Toda filosofía es una incursión en el Absoluto, es decir, en ese fundamento de toda realidad, en el que espíritu y materia, lo finito y lo infinito, lo subjetivo y lo objetivo, son uno y lo mismo en absoluta identidad. Así, mientras que la filosofía consiste en la intuición de este Absoluto con el fin de construir la realidad idealmente a partir de su fundamento, el arte, por su parte, consiste en la intuición real de esas ideas en su expresión finita y objetiva. El arte nos proporciona una expresión sensible de las ideas de la filosofía, y, con ello, nos permite acceder al Absoluto (es decir, Dios) in concreto. Estas ideas intuidas en el arte son las determinaciones de Dios en lo finito, de tal manera que a través de ellas adquirimos conocimiento de la esencia infinita del mundo en sus determinaciones concretas.
Pero, ¿dónde encontramos en el arte tales ideas, donde lo infinito quede expresado simbólicamente entre límites concretos, sensibles, compatibles con nuestra finitud comprensiva? Para Schelling, estas ideas, que nutren las grandes obras de arte de la historia, son los dioses mitológicos. La mitología griega presenta lo infinito como manifestación inmanente de este mundo: Zeus, Atenea o Hades no son metáforas del poder, la sabiduría y la muerte, sino que son ellos mismos estas cosas. Zeus no es un signo que represente algo distinto de su imagen, sino que su imagen es expresión real y finita de ese aspecto de Dios que asociamos al poder, a la soberanía, y la jerarquía. Lo mismo ocurre con el resto de las deidades mitológicas. Grecia percibe la naturaleza como divina en sí: el rayo es Zeus, y Poseidón es literalmente el océano. Para los griegos, la naturaleza se expresa como infinitud, y la mitología es la manera que tenían de aprehender su dimensión ideal.
En un mundo así, en el que la naturaleza es literalmente la divinidad, ¿cómo puede surgir algo así como el cristianismo? El cristianismo, para Schelling, representa el completo opuesto a la mitología, y a la forma helénica de ver el mundo. Pues el cristianismo introduce una noción que lo griegos no necesitaban para dar sentido a su mundo: la historia. Los griegos no necesitan de la historia para conocer lo absoluto, pues para ellos Dios es Él mismo naturaleza. El cristianismo, sin embargo, es una religión esencialmente histórica: Dios no es idéntico a la naturaleza, sino que se revela en la historia. En la próxima entrega, veremos en qué sentido es el cristianismo opuesto a la mitología griega en su esencia, y cómo esto está vinculado a la transformación de lo divino en historia. Solo así podremos responder a la pregunta inicial, que ahora quedará reformulada así: ¿por qué el cristianismo no es, ni podrá ser nunca, mitología?





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