146 Magisterio. Profesionales y elecciones



            Días de alborotos




Había creído que en estos días ya tendríamos bastante con las elecciones y su campaña, pero no. A lo que parece, está buena parte de Europa incendiada de protestas sobre la vivienda, la educación, los salarios, los inmigrantes, la energía y las consecuencias de las guerras.

Llama la atención que ocurra esto como de repente, sin que se hubieran advertido síntomas de que todo estaba a punto de saltar por los aires. Como si todo estuviera bien asentado y esto de ahora fuera inimaginable. En otros mundos, pase, pero en la moderna Europa… Ya teníamos bastante con los improperios mutuos de nuestros grupos presuntamente políticos.

Y no, de ninguna manera, también aquí, que tenemos de todo. Se diría que cuanto más tenemos, más nos cuesta usarlo. Como si hubiera una relación inversa entre una cosa y otra. Es como para pensar seriamente en qué lugar de la historia estamos, qué hay de verdad en nuestras palabras y qué de satisfacción en nuestro presunto bienestar. Si de verdad somos modernos y hemos progresado en algo…


Alborotos: ¿qué me dice a mí todo esto, a mí que he dedicado mi vida a evitarlo?

Las sociedades de la Modernidad –las nuestras, ésta misma- se reconocen por una relación especial entre el Pueblo, la Administración y el Dinero. Es cosa sabida. (De por medio, Dios: también, sí).

Todo empieza en el Dinero, que está en el Pueblo: la Administración lo toma en forma de Impuestos y luego lo devuelve en forma de Servicios. Así, todo acaba en el Bienestar, que es lo propio de este tipo de Sociedades. El dinero de todos convertido en comodidad de todos.

Eso es la Modernidad social: la constitución de Servicios de calidad para todos. En su corazón, las personas que hacen de puente en el camino del dinero. Primero lo recogen y luego lo devuelven. Son los funcionarios, la clave de todo. No hay sociedades modernas sin funcionarios eficaces. Las gentes de la escuela, nosotros, por ejemplo.

El esquema básico, sí. Lo curioso del asunto está en que la inercia de las instituciones parece llevarnos, en todas partes, a otro universo, éste de las protestas, como si el nuestro no funcionara. Como si de verdad tuviéramos más recursos que objetivos.

Algo de esto tiene que haber, que de lo contrario no se armarían los alborotos de estos días en medios sociales como los nuestros, que estimamos entre los más acomodados del mundo. A otros, seguramente estas cosas les llevan a reflexionar sobre la economía global, los credos políticos, el urbanismo y los servicios, las fronteras y los sistemas de monedas. A mí me remiten al asunto de los puentes, los funcionarios: es al que pertenezco. Y en él encuentro, no ya causas para todos estos alborotos, pero sí caminos para comprenderlos.


Son asuntos de gran envergadura, lo sé, pero también sé que hay maneras y maneras de vivirlos. Y que algunas de tales maneras no solucionan, sino que bloquean todas las salidas posibles de estas cosas. Así como otras pueden facilitar el camino olvidado hacia los puentes.

A mí me parece que los caminos pasan por el talante profesional-vocacional de los encargados de los puentes. Me explico: ¿recordáis aquello de ‘aquí se viene a trabajar; si usted quiere un amigo, cómprese un perro’? Pues por ahí. Necesitamos ‘puenteros’ que, además de los tres metros cuadrados de su mesa, vean los quince kilómetros de camino a su derecha y a su izquierda.

Porque, como distinguen seguramente todos los idiomas del mundo, una cosa es la profesión y otra el trabajo. Profesional es quien, al trabajar, escucha y responde. Por eso el profesional es la clave de la sociedad: porque se sabe parte de ambas orillas en su misión de puente. Es responsable, es decir, vocacionado. Mucho más que trabajador. En la escuela lo conocemos bien.

Del trabajador esperamos resultados. Lo demás no cuenta, es decir, le invitamos, por definición, a dejarlo fuera de su atención. Resultados, sí: en sanidad, educación, orden público, vivienda, economía, urbanismo, comunicaciones, supermercados.

Por ese camino vaciamos de sentido el alma del profesional y de la sociedad moderna. Si dejamos lo personal fuera de aquello que estamos haciendo, nos es irrelevante cualquier problema que se plantee en su ejercicio. Se lo trasladaremos a otra instancia, superior o inferior, pero nos sentiremos eximidos de toda responsabilidad en solucionarlo. Siempre estará el anonimato de la deuda pública para arreglar las cosas.

Sí: olvidad la vocación y en lugar de funcionario tendréis un parásito. No podréis confiar en él en días como los de estos meses. No os ayudará a entenderlos ni mucho menos a darles solución.

¿Hace falta preguntar cuánto tiempo se sostendrá la parodia de bienestar construida sobre tal base? ¿Cuánto tiempo tardará en desaparecer de facto la Administración misma para quedar en manos de los intereses económicos y así será otra vez la ley de la selva?

En una Institución como la mía lo sabemos muy bien: sin vocación no hay modernidad en los profesionales. Ni sostenibilidad, como decimos ahora.



Pedro María Gil Larrañaga

Maestro, teólogo


Enlace: 

https://www.elcorreo.com/internacional/europa/jovenes-incendian-mundo-20261021001553-ntrc.html?utm_campaign=mrf-whatsapp

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