De donde se declaró el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote, con la felizmente acabada aventura de los leones.
CAPÍTULO XVII
(fragmento)
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En esto llegó el carro con banderas,
que no llevaba más que al carretero
en las mulas, y sentado también
en la parte de alante un compañero.
Se colocó delante don Quijotey les dijo: -¿Adónde vais, hermanos?
¿Qué son esas banderas que lucís,
y qué es lo que lleváis dentro del carro?
Respondió el carretero: -El carro es mío.
Van dentro dos leones enjaulados,
que el general de Orán manda a la corte
para a Su Majestad ser presentados.
Las banderas son del Rey mi señor,
en señal de que es él el propietario.
-¿Son grandes los leones? –preguntó
don Quijote, claramente intrigado.
-Tan grandes –respondió entonces el hombre
que vigilaba a la puerta del carro-,
que jamás hasta España desde África
mayores ni tan grandes han pasado.
Soy el leonero, y he pasado otros,
mas no como estos. Son hembra y macho;
en la jaula de atrás está la hembra,
y el macho en la de alante va encerrado.
Hambrientos van, pues hoy nada han comido.
Así que su merced vaya apartando,
que allá donde han de darles de comer
es menester vayamos ya llegando.
A lo que don Quijote, sonriéndose
un poco, replicó envalentonado:
-¿Leoncitos a mí? ¿a mí leoncitos
a estas horas me andan enviando?
Por Dios, quienes los mandan han de ver
si soy hombre al que puedan asustarlo
unos leones. Leonero, buen hombre,
del carro cuanto antes apeaos,
abrid las jaulas y echadme esas bestias
afuera. Que en mitad de esta campaña
habrán de saber ellas de una vez
quién soy yo, don Quijote de la Mancha,
a despecho y pesar de encantadores,
esos que contra mí los enviaban.
-¡Ta, ta! -dijo entre sí el otro hidalgo,
que estaba atento a cuanto allí pasaba-;
clara señal acabamos de ver
de quién es en verdad el caballero
a quien el requesón le ha madurado
los sesos y los cascos ablandado.
Llegose en esto a él Sancho y le dijo:
-Por quien es Dios, señor, le ruego haga
que mi amo no se enfrente a estos leones;
que si se enfrenta, aquí nos despedazan.
-¿Tan loco es vuestro amo –respondió
el hidalgo- para tener el cuajo
de enfrentarse a tan fieros animales?
-Loco no es mi señor, mas temerario.
-Yo haré que no lo sea –dijo el otro-.
Y llegándose a donde se encontraba
don Quijote dando prisa al leonero
para que se pusiera a abrir las jaulas,
le comentó: - Señor, los caballeros
andantes como usted solo acometen
aventuras que de salir de ellas
vencedores esperanza prometen,
no aquellas que la quitan. Temerario
no se deberá ser, más sí valiente;
que la temeridad más de locura
que de valiente fortaleza tiene.
A más, que estos leones contra usted
ha de tener seguro que no vienen;
van destinados a Su Majestad,
y no está bien si aquí nos entretiene.
-¡Váyase su merced, señor hidalgo
-respondió don Quijote-, a entender
con su perdigón manso y con su hurón
atrevido, y déjenos hacer
a cada cual aquel que sea su oficio.
El mío es este, y muy bien sé yo ver
que contra mí vienen estos leones.
Vuelto al leonero, gritábale otra vez:
-¡Voto a tal, don bellaco, si no abrís
al momento las jaulas, tened claro
que con la lanza que en mi mano veis
os tengo que dejar cosido al carro!
Vio el carretero la determinación
de aquella armada fantasía y dijo:
-Señor mío, a su merced de nuevo
que sea servido, por caridad, le pido
que me permita desuncir las mulas
y con ellas pueda ponerme a salvo
antes de que se suelten los leones.
Pues si acaso los mata, rematado
quedaré de por vida, que no tengo
más bien que estas dos mulas y este carro.
-¡Hombre de poca fe! –le respondió
don Quijote-. Anda, vete apeando
y desunce las mulas, y ve haciendo
aquello que quisieres; que el trabajo
que necesitan tales diligencias
muy presto habrás de ver que haces en vano.
Se apeó el carretero y desunció
las mulas muy aprisa, al mismo tiempo
que dando grandes voces protestaba
e iba a los presentes advirtiendo:
-Todos ustedes séanme testigos
de que abro las jaulas y que suelto
los leones contra mi voluntad,
de que protesto a este caballero
que todo el mal que hicieren estas bestias
vaya por cuenta suya, y mis derechos
y salarios. Vayan vuestras mercedes,
señores, colocándose a cubierto
antes que abra la jaula, porque yo
seguro sé que he de salir ileso.
En que no realizase tal locura
aquel hombre le insistía de nuevo,
pues hacerlo sería tentar a Dios.
Don Quijote respondía otra vez
que sabía qué hacía; y don Diego,
que era un error, que lo pensase bien.
-Ahora, señor –replicó don Quijote-,
si esta tragedia no quisiere ver,
pique la tordilla, póngase a salvo
y déjeme a mí hacer de una vez.
Oído esto por Sancho, suplicaba,
con el llanto en los ojos, que dejara
tan arriesgada empresa, ante la cual
en tortas y pan pintado quedaban
aquella de los molinos de viento,
la de los batanes, y las hazañas
que él hasta ahora había acometido,
por grandes que fueran y extraordinarias.
-Mire, señor –le encarecía Sancho-,
que no hay aquí ningún tipo de encanto.
Que vi entre los resquicios de la jaula
una uña de león, por la que saco
debe de ser mayor que una montaña
ese león que viene aquí enjaulado.
-Es el miedo –le dijo don Quijote-
el que hace parecer que su tamaño
es aun mayor que la mitad del mundo.
Aparta, Sancho, y déjame. Si muero,
ya sabes qué has de hacer. A Dulcinea
irás. Y nada más decirte debo.
Otras razones dio, que la esperanza
quitaron de que fuera a echarse atrás.
Aunque quisiera el del Verde Gabán
oponérsele, viose desigual
en las armas, y no le pareció
cordura con un loco el enfrentarse;
que ya por tal tenía a Don Quijote
desde que en el camino lo encontrase.
Volvió este a apremiar al leonero
y volvió a reiterar las amenazas.
Picó entonces la yegua el caballero,
Sancho al rucio, y todos se apartaban
del carro. También el carretero,
cuanto pudo a sus mulas alejaba;
y antes de que el leonero a los leones
desembanastase, yéndose estaba.
al que esta vez veía ya en las garras
de los leones. Maldijo su suerte,
y aquella hora veía menguada
en que le había venido al pensamiento
volver con su señor. Llorando estaba,
mas no dejó de aporrear al rucio
a fin de que del carro se alejara.
Viendo el leonero que los que se iban
estaban ya de allí bien desviados,
trató de intimidar a don Quijote
con las mismas razones que había dado.
Que no le oía, dijo don Quijote;
que de intimidaciones se dejase,
como de inútiles requerimientos,
y que ya a abrir la jaula se aprestase.
En el espacio que tardó el leonero
en abrir la jaula, consideraba
don Quijote qué sería mejor:
si a pie o a caballo hacer la batalla.
Determinó por fin hacerla a pie,
temiendo que el rocín se le espantara
por los leones. Saltó del caballo,
al que apartó, impidiendo le dañaran;
arrojó la lanza, embrazó el escudo,
desenvainó la espada y, paso a paso,
con gran denuedo y corazón valiente
fue a colocarse delante del carro.
A Dios se encomendó y a su señora
Dulcinea, de todo corazón.
Llegado aquí el autor de la historia
se calma y del hidalgo hace loor:
“¡Oh, fuerte y animoso don Quijote
de la Mancha, muy singular espejo
donde pueden mirarse los valientes
del mundo, como en un segundo y nuevo
don Manuel de León, que fue la gloria
y honra de españoles caballeros!
¿Con qué palabras contaré esta hazaña
espantosa a los siglos venideros?
¿Con qué razones o con qué alabanzas
que te puedan cuadrar o te convengan,
aunque hipérboles haga sobre hipérboles?
Tú solo, a descubierto te presentas,
a pie, magnánimo, con una espada,
no de las del perrillo cortadoras;
con un escudo de luciente acero,
y aguardas a que a ti lleguen ahora
los más fieros leones que criaron
las africanas selvas. Sean tus hechos
los que hayan sin duda de alabarte,
tan audaz y valeroso manchego.
Y llegado a este punto, aquí lo dejo.
Pues por más que lo intento, yo no encuentro
adecuadas palabras con que pueda
con mínima justicia encareceros.”
Aquí cesó el autor su exclamación
y el hilo de la historia fue anudando.
Vio el leonero que estaba don Quijote
esperando, dispuesto y preparado,
y so pena de caer en desgracia
de don Quijote, que muy indignado
y atrevido se mostraba, no habría
más opción que librar al león macho.
el león, de grandeza extraordinaria,
de espantable y muy fea catadura,
que al ver abrir se revolvió en la jaula
en que estaba echado, desperezose
todo, y al hacerlo extendió la garra,
abrió luego la boca y bostezó
muy despacio, sacó su lengua, larga
como dos palmos, despolvoreó
bien los ojos y el rostro se lavaba.
Se adelantó unos pasos y asomó
sacando la cabeza de la jaula,
mirando a un lado y otro, y observando
con los ojos ardientes como brasas,
con un gesto y ademán que al temerario
más osado para espantar bastaran.
Tan solo don Quijote, atentamente
le miraba, deseando saltara
y a sus manos la fiera se viniese,
pues con ellas quería despedazarla.
A tal extemo llegaba su locura.
Mas el león más generoso andaba
que arrogante, y no quiso hacer caso
de aquellas niñerías y bravatas.
Miró de nuevo a una y otra parte,
y comedido se volvió de espaldas
con gran flema, ignoró a don Quijote
y los cuartos traseros le mostraba,
volviéndose a acostar. Viendo lo cual,
don Quijote mandó al leonero diera
de palos al león, y le irritase
hasta que consiguiese echarlo fuera.
-No haré yo eso –respondió el leonero-.
Pues si lo instigo seré yo el primero
a quien hará pedazos. Conténtese
vuestra merced con lo que tiene hecho
hasta ahora, que es todo cuanto puede
decirse de un valiente caballero,
y no quiera tentar a la fortuna.
Pues al león la puerta ya le he abierto,
salir o no salir tiene en su mano;
mas si hasta ahora se ha quedado quieto,
no habrá ya de salir en todo el día.
Señor, de manifiesto ya habéis puesto
la grandeza de vuestro corazón.
Nadie obligado está, según yo entiendo,
más que a desafiar al enemigo
y esperarle campaña. Mas si luego
no acudiese, en él queda la infamia,
y el que lo espera gana el vencimiento.
-Así es en verdad –le respondió
don Quijote- mostrándose más cuerdo.
Cierra, amigo, la puerta, y testimonio
dame ahora de lo que has ido viendo:
cómo abriste al león, él no salió,
yo me quedé aquí firme e insistiendo,
él no salió, volvía yo a esperar,
volvía a no salir y se acabó tendiendo.
No debo más. Encantos fuera, y Dios
ayude a aquel que anda sosteniendo
la razón y que a la caballería
verdadera anda siempre defendiendo.
Cierra pues ya, en tanto yo hago señas
a los demás de que vayan viniendo.
Hízolo así el leonero. Y don Quijote
puso en la punta de la lanza el lienzo
con el que se limpió los requesones,
e iba llamando a los que se fueron
y que no habían dejado de correr
volviendo la cabeza a cada paso,
y siguiendo los pasos a don Diego.
Mas dijo Sancho, al ver el paño blanco:
-Que me maten si no venció mi amo
a aquellas fieras bestias, pues nos llama.
Detuviéronse todos y supieron
que era don Quijote quien llamaba
haciendo señas. Perdieron el miedo,
poco a poco se fueron acercando
hasta el lugar de donde aquellas voces
que daba don Quijote iban llegando.
Vieron que les llamaba y, finalmente,
al carro fueron todos acudiendo.
Una vez que llegaron, don Quijote
estas consejos daba al carretero:
-Volved de nuevo, hermano, a uncir las mulas
y a ir vuestro viaje reanudando.
En recompensa a haberse detenido,
dos escudos de oro dale, Sancho.
-Con gusto los daré –añadió este-.
¿Pero –prosiguió Sancho preguntando-
qué fue de los leones?¿se murieron
o siguen vivos como sigue mi amo?
Entonces el leonero con detalle
y muy pausadamente fue contando
cómo fue la contienda en un principio
y cómo terminó, exagerando
el valor que mostraba don Quijote,
quien dejaba al león acobardado
sin atreverse a salir de la jaula,
a pesar de que tuvo un gran espacio
de tiempo la jaula abierta. Y que él
al caballero había recordado
que era tentar a Dios el provocar
al león de ese modo e invitarlo
a salir. Y que tras enfurecerlo
y tenerlo de tal modo irritado,
que la puerta se hubiera de cerrar
tuvo que permitir, mal de su grado.
-¿Qué te parece todo esto, Sancho?
-preguntó don Quijote-. ¿Hay encantos
que venzan a la clara valentía?
Podrá el encantador irme quitando
la ventura, mas le será imposible
acabar con mi esfuerzo y con mi ánimo.
Dio los escudos Sancho al carretero,
unció este las mulas en el carro,
agradeció el leonero la merced
recibida y le besó las manos
a don Quijote, al que prometía
que por la Corte habría de ir contando
sus hazañas, incluso al mismo rey.
-Pues si Su Majestad os preguntase
quién lo hizo, diréis que el Caballero
de los Leones, porque en adelante
quiero que por este el de Caballero
de la Triste figura trueque y cambie,
siguiendo lo que tienen por costumbre
realizar los caballeros andantes.
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“Seniores, ¿a cuál tirra, ó queredes andar?¿Queredes ir conmigo al Criador rogar?
El Auto de los Reyes Magos. Mediados del XII____________________


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