139 El Quijote en verso (IV)

 

 

  De donde se declaró el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote, con la felizmente acabada aventura de los leones. 

                                                                                                                                  

                                                            CAPÍTULO XVII 

                                   (fragmento)

[……………………………………………………]


En esto llegó el carro con banderas,

que no llevaba más que al carretero

en las mulas, y sentado también

en la parte de alante un compañero. 


    Se colocó delante don Quijote

y les dijo: -¿Adónde vais, hermanos?

¿Qué son esas banderas que lucís,

y qué es lo que lleváis dentro del carro?


Respondió el carretero: -El carro es mío.

Van dentro dos leones enjaulados,

que el general de Orán manda a la corte

para a Su Majestad ser presentados.


Las banderas son del Rey mi señor,

en señal de que es él el propietario.

-¿Son grandes los leones? –preguntó

don Quijote, claramente intrigado.


-Tan grandes –respondió entonces el hombre

que vigilaba a la puerta del carro-,

que jamás hasta España desde África

mayores ni tan grandes han pasado.


Soy el leonero, y he pasado otros,

mas no como estos. Son hembra y macho;

en la jaula de atrás está la hembra,

y el macho en la de alante va encerrado.


Hambrientos van, pues hoy nada han comido.

Así que su merced vaya apartando,

que allá donde han de darles de comer

es menester vayamos ya llegando.


A lo que don Quijote, sonriéndose

un poco, replicó envalentonado:

-¿Leoncitos a mí? ¿a mí leoncitos

a estas horas me andan enviando?


Por Dios, quienes los mandan han de ver

si soy hombre al que puedan asustarlo

unos leones. Leonero, buen hombre,

del carro cuanto antes apeaos,


abrid las jaulas y echadme esas bestias

afuera. Que en mitad de esta campaña

habrán de saber ellas de una vez

quién soy yo, don Quijote de la Mancha,


a despecho y pesar de encantadores,

esos que contra mí los enviaban.

-¡Ta, ta! -dijo entre sí el otro hidalgo,

que estaba atento a cuanto allí pasaba-;


clara señal acabamos de ver

de quién es en verdad el caballero

a quien el requesón le ha madurado

los sesos y los cascos ablandado.


Llegose en esto a él Sancho y le dijo:

-Por quien es Dios, señor, le ruego haga

que mi amo no se enfrente a estos leones;

que si se enfrenta, aquí nos despedazan.


-¿Tan loco es vuestro amo –respondió

el hidalgo- para tener el cuajo

de enfrentarse a tan fieros animales?

-Loco no es mi señor, mas temerario.


-Yo haré que no lo sea –dijo el otro-.

Y llegándose a donde se encontraba

don Quijote dando prisa al leonero

para que se pusiera a abrir las jaulas,


le comentó: - Señor, los caballeros

andantes como usted solo acometen

aventuras que de salir de ellas

vencedores esperanza prometen,


no aquellas que la quitan. Temerario

no se deberá ser, más sí valiente;

que la temeridad más de locura

que de valiente fortaleza tiene.


A más, que estos leones contra usted

ha de tener seguro que no vienen;

van destinados a Su Majestad,

y no está bien si aquí nos entretiene.


-¡Váyase su merced, señor hidalgo

-respondió don Quijote-, a entender

con su perdigón manso y con su hurón

atrevido, y déjenos hacer


a cada cual aquel que sea su oficio.

El mío es este, y muy bien sé yo ver

que contra mí vienen estos leones.

Vuelto al leonero, gritábale otra vez:


-¡Voto a tal, don bellaco, si no abrís

al momento las jaulas, tened claro

que con la lanza que en mi mano veis

os tengo que dejar cosido al carro!

 

Vio el carretero la determinación

de aquella armada fantasía y dijo:

-Señor mío, a su merced de nuevo

que sea servido, por caridad, le pido


que me permita desuncir las mulas

y con ellas pueda ponerme a salvo

antes de que se suelten los leones.

Pues si acaso los mata, rematado


quedaré de por vida, que no tengo

más bien que estas dos mulas y este carro.

-¡Hombre de poca fe! –le respondió

don Quijote-. Anda, vete apeando


y desunce las mulas, y ve haciendo

aquello que quisieres; que el trabajo

que necesitan tales diligencias

muy presto habrás de ver que haces en vano.


Se apeó el carretero y desunció

las mulas muy aprisa, al mismo tiempo

que dando grandes voces protestaba

e iba a los presentes advirtiendo:


-Todos ustedes séanme testigos

de que abro las jaulas y que suelto

los leones contra mi voluntad,

de que protesto a este caballero


que todo el mal que hicieren estas bestias

vaya por cuenta suya, y mis derechos

y salarios. Vayan vuestras mercedes,

señores, colocándose a cubierto


antes que abra la jaula, porque yo

seguro sé que he de salir ileso.

En que no realizase tal locura

aquel hombre le insistía de nuevo,


pues hacerlo sería tentar a Dios.

Don Quijote respondía otra vez

que sabía qué hacía; y don Diego,

que era un error, que lo pensase bien.


-Ahora, señor –replicó don Quijote-,

si esta tragedia no quisiere ver,

pique la tordilla, póngase a salvo

y déjeme a mí hacer de una vez.


Oído esto por Sancho, suplicaba,

con el llanto en los ojos, que dejara

tan arriesgada empresa, ante la cual

en tortas y pan pintado quedaban


aquella de los molinos de viento,

la de los batanes, y las hazañas

que él hasta ahora había acometido,

por grandes que fueran y extraordinarias.


-Mire, señor –le encarecía Sancho-,

que no hay aquí ningún tipo de encanto.

Que vi entre los resquicios de la jaula

una uña de león, por la que saco


debe de ser mayor que una montaña

ese león que viene aquí enjaulado.

-Es el miedo –le dijo don Quijote-

el que hace parecer que su tamaño


es aun mayor que la mitad del mundo.

Aparta, Sancho, y déjame. Si muero,

ya sabes qué has de hacer. A Dulcinea

irás. Y nada más decirte debo.


Otras razones dio, que la esperanza

quitaron de que fuera a echarse atrás.

Aunque quisiera el del Verde Gabán

oponérsele, viose desigual


en las armas, y no le pareció

cordura con un loco el enfrentarse;

que ya por tal tenía a Don Quijote

desde que en el camino lo encontrase.


Volvió este a apremiar al leonero

y volvió a reiterar las amenazas.

Picó entonces la yegua el caballero,

Sancho al rucio, y todos se apartaban


del carro. También el carretero,

cuanto pudo a sus mulas alejaba;

y antes de que el leonero a los leones

desembanastase, yéndose estaba.

 

                                                    La muerte del amo lloraba Sancho,

al que esta vez veía ya en las garras

de los leones. Maldijo su suerte,

y aquella hora veía menguada


en que le había venido al pensamiento

volver con su señor. Llorando estaba,

mas no dejó de aporrear al rucio

a fin de que del carro se alejara.


Viendo el leonero que los que se iban

estaban ya de allí bien desviados,

trató de intimidar a don Quijote

con las mismas razones que había dado.


Que no le oía, dijo don Quijote;

que de intimidaciones se dejase,

como de inútiles requerimientos,

y que ya a abrir la jaula se aprestase.


En el espacio que tardó el leonero

en abrir la jaula, consideraba

don Quijote qué sería mejor:

si a pie o a caballo hacer la batalla.


Determinó por fin hacerla a pie,

temiendo que el rocín se le espantara

por los leones. Saltó del caballo,

al que apartó, impidiendo le dañaran;


arrojó la lanza, embrazó el escudo,

desenvainó la espada y, paso a paso,

con gran denuedo y corazón valiente

fue a colocarse delante del carro.


A Dios se encomendó y a su señora

Dulcinea, de todo corazón.

Llegado aquí el autor de la historia

se calma y del hidalgo hace loor:


¡Oh, fuerte y animoso don Quijote

de la Mancha, muy singular espejo

donde pueden mirarse los valientes

del mundo, como en un segundo y nuevo


don Manuel de León, que fue la gloria

y honra de españoles caballeros!

¿Con qué palabras contaré esta hazaña

espantosa a los siglos venideros?


¿Con qué razones o con qué alabanzas

que te puedan cuadrar o te convengan,

aunque hipérboles haga sobre hipérboles?

Tú solo, a descubierto te presentas,

 

a pie, magnánimo, con una espada,

no de las del perrillo cortadoras;

con un escudo de luciente acero,

y aguardas a que a ti lleguen ahora


los más fieros leones que criaron

las africanas selvas. Sean tus hechos

los que hayan sin duda de alabarte,

tan audaz y valeroso manchego.


Y llegado a este punto, aquí lo dejo.

Pues por más que lo intento, yo no encuentro

adecuadas palabras con que pueda

con mínima justicia encareceros.”


Aquí cesó el autor su exclamación

y el hilo de la historia fue anudando.

Vio el leonero que estaba don Quijote

esperando, dispuesto y preparado,


y so pena de caer en desgracia

de don Quijote, que muy indignado

y atrevido se mostraba, no habría

más opción que librar al león macho.

                                    

                      Abrió entonces la jaula, donde estaba

el león, de grandeza extraordinaria,

de espantable y muy fea catadura,

que al ver abrir se revolvió en la jaula


en que estaba echado, desperezose

todo, y al hacerlo extendió la garra,

abrió luego la boca y bostezó

muy despacio, sacó su lengua, larga


como dos palmos, despolvoreó

bien los ojos y el rostro se lavaba.

Se adelantó unos pasos y asomó

sacando la cabeza de la jaula,


mirando a un lado y otro, y observando

con los ojos ardientes como brasas,

con un gesto y ademán que al temerario

más osado para espantar bastaran.


Tan solo don Quijote, atentamente

le miraba, deseando saltara

y a sus manos la fiera se viniese,

pues con ellas quería despedazarla.


A tal extemo llegaba su locura.

Mas el león más generoso andaba

que arrogante, y no quiso hacer caso

de aquellas niñerías y bravatas.


Miró de nuevo a una y otra parte,

y comedido se volvió de espaldas

con gran flema, ignoró a don Quijote

y los cuartos traseros le mostraba,

 

                   volviéndose a acostar. Viendo lo cual,

don Quijote mandó al leonero diera

de palos al león, y le irritase

hasta que consiguiese echarlo fuera.


-No haré yo eso –respondió el leonero-.

Pues si lo instigo seré yo el primero

a quien hará pedazos. Conténtese

vuestra merced con lo que tiene hecho


hasta ahora, que es todo cuanto puede

decirse de un valiente caballero,

y no quiera tentar a la fortuna.

Pues al león la puerta ya le he abierto,


salir o no salir tiene en su mano;

mas si hasta ahora se ha quedado quieto,

no habrá ya de salir en todo el día.

Señor, de manifiesto ya habéis puesto


la grandeza de vuestro corazón.

Nadie obligado está, según yo entiendo,

más que a desafiar al enemigo

y esperarle campaña. Mas si luego


no acudiese, en él queda la infamia,

y el que lo espera gana el vencimiento.

-Así es en verdad –le respondió

don Quijote- mostrándose más cuerdo.


Cierra, amigo, la puerta, y testimonio

dame ahora de lo que has ido viendo:

cómo abriste al león, él no salió,

yo me quedé aquí firme e insistiendo,


él no salió, volvía yo a esperar,

volvía a no salir y se acabó tendiendo.

No debo más. Encantos fuera, y Dios

ayude a aquel que anda sosteniendo


la razón y que a la caballería

verdadera anda siempre defendiendo.

Cierra pues ya, en tanto yo hago señas

a los demás de que vayan viniendo.

                   Hízolo así el leonero. Y don Quijote

puso en la punta de la lanza el lienzo

con el que se limpió los requesones,

e iba llamando a los que se fueron


y que no habían dejado de correr

volviendo la cabeza a cada paso,

y siguiendo los pasos a don Diego.

Mas dijo Sancho, al ver el paño blanco:


-Que me maten si no venció mi amo

a aquellas fieras bestias, pues nos llama.

Detuviéronse todos y supieron

que era don Quijote quien llamaba


haciendo señas. Perdieron el miedo,

poco a poco se fueron acercando

hasta el lugar de donde aquellas voces

que daba don Quijote iban llegando.


Vieron que les llamaba y, finalmente,

al carro fueron todos acudiendo.

Una vez que llegaron, don Quijote

estas consejos daba al carretero:


-Volved de nuevo, hermano, a uncir las mulas

y a ir vuestro viaje reanudando.

En recompensa a haberse detenido,

dos escudos de oro dale, Sancho.


-Con gusto los daré –añadió este-.

¿Pero –prosiguió Sancho preguntando-

qué fue de los leones?¿se murieron

o siguen vivos como sigue mi amo?


Entonces el leonero con detalle

y muy pausadamente fue contando

cómo fue la contienda en un principio

y cómo terminó, exagerando


el valor que mostraba don Quijote,

quien dejaba al león acobardado

sin atreverse a salir de la jaula,

a pesar de que tuvo un gran espacio


de tiempo la jaula abierta. Y que él

al caballero había recordado

que era tentar a Dios el provocar

al león de ese modo e invitarlo


a salir. Y que tras enfurecerlo

y tenerlo de tal modo irritado,

que la puerta se hubiera de cerrar

tuvo que permitir, mal de su grado.


-¿Qué te parece todo esto, Sancho?

-preguntó don Quijote-. ¿Hay encantos

que venzan a la clara valentía?

Podrá el encantador irme quitando


la ventura, mas le será imposible

acabar con mi esfuerzo y con mi ánimo.

Dio los escudos Sancho al carretero,

unció este las mulas en el carro,


agradeció el leonero la merced

recibida y le besó las manos

a don Quijote, al que prometía

que por la Corte habría de ir contando


sus hazañas, incluso al mismo rey.

-Pues si Su Majestad os preguntase

quién lo hizo, diréis que el Caballero

de los Leones, porque en adelante


quiero que por este el de Caballero

de la Triste figura trueque y cambie,

siguiendo lo que tienen por costumbre

realizar los caballeros andantes.


[………………………………………………………]

 ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO

Maestro. Doctor en Ciencias de la Educación

Emérito UCJC

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