Lo QUE NOS DIO ALAS EN NUESTRA JUVENTUD
Como estudiantes de magisterio Le petit prince nos pareció un libro escrito para nosotros. Hablaba nuestro lenguaje, era sencillo y hondo a la vez, poético e infantil. Lo llevaríamos con nosotros, prendido en el corazón y desde su inteligencia, a la Escuela. Había ocupado un puesto de honor en el centro de nuestra decidida vocación de futuros maestros. Su autor, un aviador, nos daba una visión del desierto y de la infancia que sintonizaba con la que nos íbamos formando. Descubríamos en ella al hombre y su universo, su“verdad campesina”, muy por encima de un fácil y empalagoso lirismo infantil.
La dificultad, que estábamos aprendiendo que era un valor, nos impulsaba en él a no desdeñar lo difícil. En Terre des hommes, p. 9, había escrito en 1935:“La tierra nos enseña sobre nosotros mismos más que todos los libros. Porque nos pone resistencia. El hombre se descubre cuando se mide por el obstáculo”.
Nos enseñó Antoine de Saint-Exupéry el desinterés, el buscar la obra hermosa por su belleza precisamente. Nos hacía distinguir entre lo que él llamaba inteligencia y espíritu: La inteligencia se mueve por interés, lo suyo es el cálculo; el espíritu se mueve por amor y su acto es con frecuencia el sacrificio: el grano se sacrifica y muere en el surco para que surjan la espiga y el trigal.
Ni el principito, ni el niño, que nos aguardaba tras la Escuela de Magisterio, eran de este mundo sino de otra fuerte realidad. Cuando el niño con tarugos de madera monta una flota naval o en pleno desierto levanta una torre no está `jugando´, está creando cosas dotadas de un poder misterioso.
Nos fascinó leer en Antoine de Saint-Exupéry
Entonces
comprendí que quien reconoce la sonrisa de la estatua o la belleza
de un paisaje o el silencio de un templo, a quien encuentra es a
Dios. Supera el objeto para alcanzar una clave y supera las palabras
para oír el canto no aprendido y la noche y las estrelllas
para
experimentar la eternidad. Pues Dios es, sobre todo, sentido de tu
lenguaje, y tu lenguaje, si cobra sentido, te muestra a Dios”.
(Citadelle, p. 221).
En este mismo libro nos regalaba los oídos leer:
Cuando me muera, Señor, llegaré a ti, pues trabajé en tu nombre.
Para Ti la siembra.
Yo he construido el cirio. Te toca a Ti encenderlo.
Yo construí este templo. A Ti te corresponde habitar su silencio.
Charles Moeller
Literatura del siglo XX y Cristianismo
Ed. Gredos, Madrid. vol. V, pp. 144-177.
Maestro. Profesor de Escuela de Magisterio
En Lyon |
"Tal estrela non es in celo,d'esto só yo bono strelero"
El Auto de los Reyes Magos. Mediados del XII _________

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