He vuelto a leer, hemos vuelto
a leer, en estos días, aquellas palabras del señor de La Salle:
“…Fuera de estos pobres pastores, nadie piensa en Jesús cuando nace. Y parece incluso que Dios no quiere que los ricos e importantes puedan llegarse a él, pues el ángel que anuncia su venida no da a los pastores otra señal para reconocerlo que el estado pobre y abyecto en que lo han de hallar, capaz sólo de repugnar a quienes no estiman más que aquello que deslumbra.
"Nosotros, al elegir nuestro estado, debimos estar resueltos a vivir en la abyección, igual que el Hijo de Dios al hacerse hombre; pues eso es lo más relevante en nuestra profesión y en vuestro empleo. Somos pobres Hermanos, olvidados y poco considerados por la gente del mundo. Sólo los pobres vienen a buscarnos, y no tienen nada que ofrecernos más que sus corazones, dispuestos a recibir nuestras instrucciones...”
Es de la meditación de Navidad, 86.2. Para leerse delante del Señor.
Está escrita en 1700, diez años antes o después, otro mundo. No había ni industria, ni emigraciones, ni tecnologías, ni ministerios de educación, ni partidos políticos, ni capitalismo global, ni ecología, ni pastoral de conjunto, ni libros de texto, ni escuelas de magisterio, ni tercer sector, ni ferrocarril, ni religiosos educadores, ni ejércitos profesionales, ni…
Otro mundo. La circunstancia de aquellos textos de ningún modo es la nuestra. Y, sin embargo, me lleva a mi infancia, a nuestra infancia.
Me lleva a la escuela de los Hermanos allí, en Bilbao, en Iturribide, 1950.
Veo nuestra clase de primer grado con 66 alumnos –de hecho, a lo largo del curso se iba subdividiendo en dos grupos, uno que pasaba al segundo grado y otro que repetía primero. (Creo que éramos 72 y que en la foto faltan seis, pero no es muy importante). Un Hermano, el mismo, todo el día: de 9 a 12.30, de 3 a 5. A las 9, todos los días Misa, de lunes a sábado. Jueves tarde, vacación. Solía haber media hora ‘de clase particular’, optativa, pero a la que nos quedábamos todos: por ella sí pagábamos unas pocas pesetas, que por el resto nada.
Era una escuela pobre, sí. Para esas fechas, según conocí después, ya algún superior lasaliano había dictaminado, ante su deficiente infraestructura económica y la distancia respecto de la Junta fundacional: ‘une école à fermer’.
Pero estaba llena. Cinco grados, seis Hermanos: uno por grado, más el Director, tal vez de apoyo y sobre todo de uniformidad y control. Se entraba a eso de los 7 u 8 años y se salía en torno a los 14, ya a un trabajo, para la mayoría.
Era una zona pobre, necesitada. En un momento de laboriosidad y la emigración que sucedió a la guerra civil, a punto de saltar a una industrialización masiva y a un nuevo modelo de servicios sociales, en aquellos barrios se necesitaba capacitar a la infancia –a los niños, sobre todo- para llegar cuanto antes al mundo del trabajo/sueldo.
Ahí entraba la escuela, mi escuela, nuestra hermosa escuela.
Sus maestros eran: Miguel, Benito, Clemente, Juan, Emilio y Hegesipo. Luego conocí a algún otro, siempre semejante a los primeros. Y subrayo la semejanza porque todos, todos, venían de familias y de medios tan pobres o necesitados como nosotros, sus alumnos de aquellos días.
Se trataba de una escuela –Bilbao, 1950- en la que hijos de pobres de diversos otros lugares educaban a los hijos de los pobres de aquel lugar. Y lo hacían bien, muy bien.
Hijos de pobres educando a hijos de pobres. Y la estructura se repetía por todas partes, por una sencilla razón: sólo los hijos de los pobres pensaban en los estudios de magisterio para encontrar un empleo en la vida. Por eso eran hijos de pobres los que se inscribían en la escuela de magisterio o en el noviciado los Hermanos: con tres años más de estudios, a partir de los 14, ya se era maestro, es decir, un sueldo (la licenciatura suponía cinco años y a partir de los 17, es decir, cinco más de formación, que no todo ciudadano podía pagar).
Era mi escuela, en aquella zona de Bilbao. En otra zona estaba el colegio grande, de pago. Estaba allí porque hacía un servicio allí, desde luego, pero también a la casa de formación, que no podía permitirse cobrar a sus novicios, al venir de donde venían. Pero sus maestros eran como los de mi escuela. Exactamente igual. Algunos iban ya haciendo aquellos años adicionales de formación universitaria, casi siempre alternando el trabajo en el colegio con las horas imprescindibles para conseguir la licenciatura. Pero eran los mismos, es decir, hijos de medios pobres o necesitados…
Envolviéndolo todo había –también esto hay que recordarlo- un tono en la visión de la vida de la sociedad, que hoy no existe. Era el horizonte de la posibilidad de Dios. No diré que se tratara de un medio cristiano desde un punto de vista estricto. Tal vez lo fuera, pero sí se trataba de un medio socialmente cristiano. Y en él todo cuanto ocurría podía tener un correlato en el mundo del misterio o de la trascendencia. Esto hacía que antes y después del noviciado fuera posible interpretarlo todo por su relación con Dios, además de con la sociedad…
Pensaba en estas cosas, al releer la meditación para el día de Navidad. Aquello de ‘somos pobres Hermanos’ me llevaba otra vez a mis primeros días en el mundo lasaliano; después, de rebote, hasta los de hoy; y, ya lanzados, al panorama total del itinerario de la Salle a lo largo de tres siglos y pico.
Me decía que tal vez aquella escuela mía, nuestra, de aquel Bilbao, podía estar siendo la última de un tiempo a punto de desaparecer. La escuela y todos sus habitantes, todos. Su futuro –es decir, este presente que vivo- dependería de su transformación.
Porque en adelante ya no habría pobres –aquel tipo de pobres-, ni escuelas primarias –aquel tipo de escuelas básicas-, ni… Hermanos ni Comunidad, al menos aquel tipo de Hermanos y de Comunidad. Ni, desde luego, una sociedad donde Dios y el Misterio fueran significativos.
En adelante todo debería ser diferente: el horario, el currículo, el perfil y la formación de los maestros, sus motivaciones profesionales, su inclusión en una red de proyectos similares, su relación con la administración social, su capacidad de inventiva responsable, su modo de ser comunidad y su fe en el Plan de Dios.
Otro mundo, sencillamente.
2025: resulta que en aquellas líneas de La Salle para la Navidad se indica cómo llegar a él o por dónde nos está viniendo: ¿qué significan hoy ‘pobres’ y ‘escuela’? Es decir: ¿cómo se ven estos días de 2026 desde aquella escuela de 1950?
PEDRO MARÍA GIL LARRAÑAGA
Maestro, teólogo
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" y así de nuevo les pido
que me den néctar y huevo."


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