La aporía de Ser y tiempo
El mes pasado comentamos el esfuerzo de Heidegger por crear nuevos conceptos ontológicos que consiguiesen recoger en sí y expresar la situación singular del Dasein en su relación con el ser. El llamado “ser-en-el-mundo” no buscaba, como una categoría a la aristotélica, reunir en sí de manera genérica una pluralidad de fenómenos, reduciéndolos a una serie de rasgos abstractos. Al contrario, el “existenciario” de Heidegger busca singularidad y concreción: “ser en el mundo” hace referencia a una forma muy particular del Dasein de existir, relativa a su ser como posibilidad. Vimos, por otro lado, que este existenciario consiste en unas formas muy concretas en las que el Dasein se relaciona con sus posibilidades y con las cosas que le rodean. El Dasein se relaciona con las cosas proyectando sus posibilidades sobre ellas, pero al mismo tiempo, estas posibilidades se le presentan al Dasein fácticamente en el mundo. Las posibilidades del Dasein no flotan sobre la nada, sino que responden a su circunstancia particular. Lo mismo ocurre con las posibilidades de uso de las cosas que le rodean: estas presuponen las circunstancias, en la que se incluye a otros Dasein, que condicionan las posibilidades de su ser.
Es
decir, al Dasein se le presentan las posibilidades como ya
dadas. Este es
arrojado
a un mundo donde su existencia depende de esta condición de
posibilidad. El ser humano no crea ex
nihil su existencia,
sino que es el producto de un mundo metabolizado social e
históricamente. La posibilidad presupone a otros seres humanos que
en su existir se limitan recíprocamente las posibilidades de
existencia. Heidegger llega a esta conclusión sobre la mitad de Ser
y tiempo, y se da
cuenta de que ha llegado a una aporía. Ser
y tiempo se presentó
como el proyecto por la elaboración de la pregunta por el ser, y
Heidegger optó como punto de partida la existencia cotidiana del
Dasein para poder dar una caracterización fiel del ser tal y como se
le presenta al Dasein en esa cotidianidad. Los existenciarios tenían
el propósito de atrapar esta cotidianidad singular que es cada
Dasein, sin intentar reducirlos a rasgos genéricos. Sin embargo,
Heidegger ha llegado a la conclusión de que el existente humano no
es una expresión de singularidad de acuerdo con sus posibilidades de
ser, sino que este está determinado por posibilidades genéricas a
las que se ve arrojado. Es decir, el Dasein, en su cotidianidad, no
se vive como una expresión singular de posibilidad, sino que se
limita a asumir las posibilidades que le vienen dadas. Vive en el
mundo del “se”
(das Man):
hace lo que se
suele hacer, habla lo que se
habla, vive como se
vive.
El
Dasein existe en su cotidianidad negándose su propia condición
singular. Se limita a llevar una existencia genérica, o, como
Heidegger lo llama, una existencia
anónima. Cada uno de
nosotros rechazamos hacernos cargo de nuestras propias posibilidades
para ser absorbidos por este anonimato. Así, los existenciarios
vienen a expresar la propia negación de la singularidad del Dasein:
he aquí la aporía. Heidegger, por tanto, decide acabar con el
método “del término medio” (la exploración de la cotidianidad)
para caracterizar la relación del Dasein con el ser. Se trata ahora,
por tanto, de privilegiar una forma de ser concreta del hombre en el
que emerja este mismo ser de manera ineludible. Se trata, por tanto,
de explorar cierta forma de existencia de la que es capaz el Dasein
en la que el ser, como pura posibilidad, se haga manifiesto de manera
auténtica.
Una forma de ser en la que el Dasein no esté volcado entre una
posibilidad u otra, sino en la que se le presente su propia
existencia como nada
más que mera posibilidad.
Para Heidegger, este momento lo encontramos en la angustia
existencial
(Angst).
Esta no es angustia por algo concreto. No es estrés, ni ansiedad. Es
una forma de encontrarse en el mundo de desasosiego, en la que las
cosas no se manifiestan sino como vacías de sentido. En la angustia,
uno se da cuenta de que las cosas no son más que mera posibilidad.
Que no tienen escrito en sí su sentido. Esto también afecta a la
percepción de la existencia propia: uno no es más que mera
posibilidad, y nada
más. Pero, al mismo
tiempo, en este darse cuenta de que uno no es más que mera
posibilidad también toma conciencia de la existencia anónima que
lleva. Es decir, uno toma conciencia de que lleva una existencia en
la que niega su propia esencia como “poder ser”, para limitarse
al dominio del “se” (“uno piensa lo que se
piensa”). El hombre lleva una existencia inauténtica, y solo en el
momento de la angustia se le hace patente que su existencia depende
del cuidado
de su mundo (su “circunstancia”, en términos orteguianos), en
tanto que a uno le va su ser en la posibilidad. Solo ahí, atender a
su vida como pura posibilidad, salvarse a sí mismo con su mundo, se
le presenta como una exigencia ontológica.
Nicky Arnell León
Estudiante de Filosofía
Universidad de Málaga
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"que el enflaquecido pulso
restituyen a su ser. "



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