141 La verdad por delante (6)

   

               La verdad, por  delante


La Escuela, si lo es, trabaja los tres valores cósmicos que llama transcendentales: la verdad (razón pura en Kant), la belleza (juicio en Kant) y la bondad (razón práctica en Kant). Llevará de calle los tres.

Pero en nuestra Escuela la verdad va por delante de los otros dos valores. Tiras de la verdad y se te viene la belleza y el bien en el mismo racimo.

 

En que se critica la gala 

                                            que algunos hacen

de que el fin justifica los medios



Meapilas hoy es sinónimos de santurrón. Las dos expresiones son peyorativas.

El meapilas es un exagerado, un desnortado de la religión, alguien que como el romántico reacciona ante las cosas sin penetrar en su interior. En su caso reacciona ante el hecho religioso, sin penetrar en su entraña. Lo ve en bulto y desde fuera. Se zambulle en él, con los ojos cerrados y el fervor de un fanático. Piensa que ese es su papel en este mundo. Y que todo quisque debiera hacer lo que él. Solo su verdad es la que va a misa.

Lo que cuento es rigurosa historia. Mis compañeros en peripecias educadoras similares pueden recordar numerosas historias parecidas e incluso otras sangrantes.

En 1963 estrenamos el primer pabellón del Colegio Mayor Universitarios La Salle, en Aravaca, Madrid. Al curso siguiente, el segundo. Capacidad para 250 universitarios. Idea de lo que habríamos de hacer teníamos e íbamos aprendiendo de amigos y de excelentes modelos, a marchas forzadas. La experiencia era nueva para nosotros: hasta el momento nos habíamos movido entre la educación primaria, la de bachilleres, la escuela de magisterio y algunos centros internacionales de alto vuelo. El mundo que acabábamos de dejar como responsables y de mando en plaza no era precisamente universitario.

Habríamos de ser creadores a un nivel al que no estábamos habituados, indudablemente nuevo. Íbamos a contar con la resistencia de los nuestros. La tuvimos y seria.

No nos faltó ni el meapilas que, inflamado en la gloria de la educación a su modo romántico, escribió una carta a nuestro jefe superior, haciéndose pasar por padre de un colegial del Mayor, con ánimo de retrotraer el Colegio Mayor a las costumbres y prácticas de un colegio no universitario. No le dolieron prendas, no le importó sacar las cosas de quicio: la causa, los fines perseguidos, para él lo exigían así. Descubrimos la máquina de escribir desde la que se redactó la pintoresca carta: tenía una tecla defectuosa.

                   

Como este caso, mil otros: no nos faltaron dardos de meapilas inflamados por la defensa de altas causas que, ante ellos, lo justificaban todo: el fin perseguido, los medios empleados.

En adelante, aquel educador se quedó con el mote de Meapilas y con él murió.


Carlos Urdiales Reci
o

Maestro. Universitas Lateranensis

Emérito UCJC


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                         “A cuyo son divino

         el alma, que en olvido está sumida,

                                 torna a cobrar el tino

  Oda III: A Francisco de Salinas. Fray Luis de León________________


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