141 La parte por el todo


La parte por el todo, y viceversa




Más de una vez nos ha salido de la boca, lleno de admiración, el comentario:

-Sí, ya se venía venir, prometía, se le notaba…

Puede señalar aspectos positivos o negativos, pero subraya siempre cómo una parte de su persona ya avanzaba lo que sería más tarde, como si toda ella o todo él estuvieran comprendidos en aquel poco que conocimos o que ahora recordamos.

También, entre la seguridad y la esperanza:

-Tal como es, esto tiene que irle bien, tiene que ser capaz, de casta le viene al galgo.


Y entonces aseguramos que alguien tendrá éxito en tal cometido que, sin embargo, no ha ejercido nunca, porque en la fuente de su vida está ya contenido esto nuevo y muchas cosas más. En este caso es toda su persona la que nos permite esperar que desarrollará adecuadamente tal o cual encargo concreto.

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Ese juego entre el todo y la parte trajo a nuestra cultura aquel término extraño: sinécdoque. Muy útil, además de extraño.

Sinécdoque, sí: aquello de la parte por el todo, aquello de ‘tener cinco bocas que alimentar’ como si el resto del cuerpo no se beneficiara del alimento. Se llama sinécdoque a la figura literaria (o tropo) consistente en decir una parte y entender el todo, y viceversa.

Normalmente, cuando evocamos sinécdoque y tropo nos referimos a estas cosas. Las conocimos un día estudiando gramática o literatura y a veces nos vuelven.

A mí me han vuelto con la necesidad de interpretar nuestro itinerario institucional. Y entonces he visto que hay otra manera de entender este recurso literario.


Por ejemplo, cuando nos fijamos en una cosa y pasamos de todo lo demás: también ahí estamos en sinécdoque. Cuando pensamos que las cosas se reducen a uno de sus aspectos, sinécdoque. Cuando vivimos una época en la que se cultiva sobre todo tal o cual dimensión de la vida y se olvida las demás, sinécdoque.

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Así puede señalar una parte y llevarnos a pensar que todo es tan bueno tan malo, tan feo o tan hermoso, tan conocido o raro…, como esa parte de la que hablamos. Y así podemos llegar a creer que conocemos algo cuando solo conocemos una parte de ese algo, o imaginamos que todo ese algo es como esa parte que conocemos…

Es el mundo de todas las manipulaciones, entre las que figura, por ejemplo, la publicidad. También lo emplean, también, sectores más respetables de nuestra cultura, como la política o la religión.

Todo depende de si, con la sinécdoque, vemos o no que estamos señalando sólo una parte de un conjunto.

Puede ocurrir que no nos demos cuenta de que la realidad es más grande que lo que señalamos de ella. Puede ocurrir que lo olvidemos. Entonces podemos llegar a confundir lo que decimos con la realidad misma. Y acabamos reduciendo la realidad a su subrayado.

Pongo un ejemplo a partir de mi propia experiencia, como Hermano de La Salle. Y cada quien puede encontrar otros en la suya.

A mí me ayuda a entender el drama de nuestras comunidades y nuestras instituciones en los últimos treinta o cuarenta años. La sinécdoque, en este caso, viene del ‘trabajas, luego eres’, que también puede formularse ‘eres porque trabajas’ y, en su versión negativa, ‘si no trabajas, no eres’.

Algo de esto había ocurrido siempre, siempre, a lo largo de los siglos de la historia lasaliana. Siempre, por ley de vida, el Hermano iba pasando a otro estatuto en la comunidad o en la escuela a medida que avanzaba en edad.

En este último medio siglo la relación con las Administraciones públicas ha impuesto la barrera, más o menos inexorable, de la edad de la jubilación. Además, al no haber relevo generacional salido del Noviciado, el lugar del trabajo es ocupado por alguien que también va a dejar su compromiso con la edad de la jubilación.

Resultado: la difusa e implacable cultura de la equivalencia entre ser persona y ser trabajador, realidad nada exclusiva de un Hermano de La Salle.

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Ahora mismo, mirando hacia atrás desde este primer cuarto del siglo XXI, no cuesta mucho distinguir un tramo de ochenta años caracterizado por el cultivo de algo así como una sinécdoque cultural o social.

Después de la Segunda Guerra mundial, decimos: esta fijación en la década de los 40 de ningún modo es arbitraria. Ayuda a entender de qué hablamos con este salto de lo literario a lo sociológico y en qué medida marca nuestros itinerarios y nuestros credos personales.

Con aquella última Guerra se cerraba un período de más o menos medio siglo de violencia y novedades, desde los movimientos modernistas hasta todos los fascismos. De él resultaba un abrumador clima de angustia y deterioro existencial, que llevaría a los pueblos del mundo a intentar constituir un orden nuevo. (¿Quién no se acuerda, en el cine, del neorrealismo italiano, de la nueva ola francesa o de las historias de Bardem y Berlanga?)

En lo político, en lo económico, en lo social, en lo industrial, en todo lo institucional, se arbitró un orden nuevo y se le vistió con el mejor vocabulario de paz, desarrollo, bienestar, derechos humanos, libertades, democracia, anticolonialismo y, ya, globalización.

Todos los pueblos del mundo se lanzaron por la nueva senda, creyendo llegado un tiempo nuevo en el que la paz sería definitivamente real. Fueron años de visiones de futuro y compromisos vocacionales, desde lo político hasta lo religioso, pasando por todas las estéticas y las revoluciones industriales.

Como no podía ser de otro modo, se difundió por el mundo una conciencia expresa de que todo aquello era posible, estaba al alcance del compromiso de todos y además era urgente llegar a ello. Fueron tiempos de militancia.

Vivir era comprometerse, esforzarse, organizar, moverse, instituir, liberar, democratizar.

Sinécdoque: el compromiso era la parte; la vida, el todo.

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Pero: porque había un pero y seguía allí, más o menos escondido o vestido de otra cosa, desde hacía casi un siglo. Se trataba de la manera de entender el progreso. Y aquel pero asomaría sus frutos apenas una generación después de los grandes acuerdos mundiales, entre 1944 y 1949, que querían cerrar el tiempo de las guerras.

Aquel pero señalaba los límites de la sinécdoque o los riesgos en su interpretación.

Los sabios lo habían señalado ya desde el principio del siglo: el progreso propuesto no incrementaba la vinculación o la pertenencia entre los seres humanos y los recursos, entre las personas y la historia, entre los diversos proyectos nacionales y la sostenibilidad local. Hacía primar lo organizativo, lo rentable, la competencia, la tecnología.

El ‘todo’ se había reducido a una ‘parte’.

El desequilibrio y la fragilidad de lo conseguido eran claros, pero se sostenían por sus efectos económicos inmediatos, por la esperanza de llegar a resultados definitivamente satisfactorios y sobre todo por la necesidad de grandes áreas sociales realmente necesitadas de un bienestar mínimo...

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Casi no hace falta seguir: enseguida pensamos que esto debía afectar al proceso y la conciencia de todos los educadores de la época, cómo esto marcó su vocación, su profesionalidad, su organización, su madurez, su fe...

Cómo entendía, cómo entendíamos, nuestra formación, nuestra especialización, nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestra identidad, nuestra sociedad, la política, la cultura, la fidelidad, la fecundidad, la amistad o el silencio.

Quién hemos sido y quién somos ante nuestra gente, ante nosotros mismos y ante Dios.


PEDRO MARÍA GIL LARRAÑAGA

Maestro, teólogo

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