La temporalidad del Dasein y el fin de Ser y tiempo
En la última entrega, exploramos la aporía a la que llegó Heidegger en Ser y tiempo, en la que descubrimos que el método heideggeriano del análisis de la existencia cotidiana del Dasein parecía llevarnos a una paradoja, a saber: el Dasein parece negar su propia condición ontológica de absoluta posibilidad en su vivir cotidiano. El Dasein es, en principio, poder-ser, lo que le deja el camino libre para construir su esencia en su existir. Sin embargo, Esta condición se ve condicionada por su existencia en el mundo, que incluye otros entes, como otros Dasein, que limitan lo que se puede hacer, lo que se piensa, se hace y, en definitiva, lo que uno puede llegar a ser. El Dasein vive plegado a las habladurías, de tal manera que reduce su existencia a un camino concreto: el que conlleva negar su propia existencia como posibilidad. Heidegger denominó este camino la existencia inauténtica, en la que todo Dasein se encuentra espontáneamente por el fenómeno de la caída (Verfallen).
Sin
embargo, existe un momento existencial en el que el Dasein toma
conciencia de esta contradicción, en la que descubre su esencia como
nada más que posibilidad y toma conciencia de su existencia como
negación de esta esencia. Este es el momento de la angustia (Angst).
Por otro lado, este es el momento que le permite al Dasein asumir su
existencia como posibilidad, y así emprender una vida auténtica. Al
darse cuenta de que él
no es sin su mundo,
la preocupación por sus posibilidades vitales se convierte en un
imperativo existencial: el futuro se abre como una exigencia. Cuando
el Dasein sospesa quién quiere ser, mira al futuro y, entre todas
las posibilidades de existencia, entre toda la incertidumbre, se
manifiesta una certeza: la muerte. La muerte es la única posibilidad
que el Dasein conoce con seguridad: toda otra posibilidad de ser en
el mundo es contingente frente a ella. Así, la muerte es, por un
lado, pura
posibilidad:
la única posibilidad que solo podemos comprender como posibilidad.
Uno no puede experimentar la muerte. Recuerda esto a lo que decía
Epicuro: “cuando yo estoy, ella no está; y cuando ella está, yo
no estoy”. Por otro lado, la muerte es la posibilidad
pura,
pues es la única que llegará con absoluta certeza, y no es otra
cosa que el fin de toda posibilidad.
La
muerte provoca al Dasein en su existencia. Puesto que uno sabe que
morirá, el cuidado de sus posibilidades se vuelve una urgencia.
Someterse a la existencia inauténtica deja de ser posible. El ser
para la muerte
nos sitúa en el mundo de tal manera que tomamos conciencia de
nuestra esencia: solo hay posibilidades, eso es lo único que nos
queda. Con la muerte se abre el futuro, y, desde
el
futuro,
se abre el pasado y el presente. Cuando uno se sitúa en la
posibilidad de la muerte, gira la vista hacia su pasado. Uno se da
cuenta de quién ha sido, cómo ha vivido y qué le define. El Dasein
toma conciencia de que ha llevado a cabo una vida inauténtica, y
que, la única forma de salvarse es encarando su futuro. Así, el
Dasein vive interpretándose a sí mismo, comprendiendo su pasado en
virtud de sus proyectos hacia el futuro. El Dasein es, ante todo,
hermeneuta, tanto del mundo como de sí mismo. Y en esta tensión
entre el pasado y el futuro, entre lo acabado y lo posible, en última
instancia, entre la necesidad y la libertad, nos invoca el presente.
En el presente se encierra el futuro y el pasado. Estos no existen
aisladamente, sino que se reúnen en el ahora, de tal manera que
enraízan al Dasein en su presente.
Tras más de cuatrocientas páginas, Heidegger nos proporciona con la característica ontológica fundamental del ser del hombre: su temporalidad. El Dasein no vive en el tiempo, al igual que no vive en la historia: el Dasein es tiempo, es historia. Su existencia no transcurre en el tiempo, sino que es ella misma temporalidad. El ser del Dasein es incomprensible sin su forma de vivirse temporalizándose. Así, esta caracterización del ser del Dasein proporciona la pista para emprender la investigación del ser en general: el sentido del ser es el tiempo. Esta es la primera pista que Heidegger pretendía perseguir en la segunda parte de Ser y tiempo, pero que nunca llegó a materializar. Ser y tiempo nunca tuvo continuación. Al contrario, Heidegger pareció interpretar sus esfuerzos como un fracaso. Poco después de la publicación de su gran obra, comenzó a cambiar su pensamiento, en lo que los académicos suelen llamar el giro (Kehre) del pensamiento heideggeriano, en el que nuestro filósofo emprende una revisión crítica de su investigación en Ser y tiempo, y que exploraremos sucintamente en las próximas entregas.
Nicky Arnell León
Fin de carrera de Filosofía
Universidad de Málaga
____________________________
“ Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;”


No hay comentarios:
Publicar un comentario