Yo - ¡No señor!, aún no he decidido a qué hora me iré.
MC. -Pero, cómo es posible, si tú has sido siempre tan previsor, cuidadoso con los detalles y tu querencia a tener todo bajo control.
Yo - ¡Ya ves! A medida que me hago más veterano, más entiendo la forma de pensar de nuestros abuelos. Te pongo un ejemplo para que lo entiendas: Estamos tú y yo alrededor de una gran mesa de billar americano y hemos situado las 15 bolas dentro del triángulo. Echamos a suertes quién saca, ganas tú y sacas con un soberbio golpe a la brillante y sólida bola blanca. El ruido que produces provoca una estampida de todas las bolas multicolor corriendo desesperadas por el bello paño de tela verde hacia una de las seis troneras o bolsillos chocando entre sí y contra las bandas de caucho.
M.C. - ¿Y?
Yo -Pues que tú y yo somos como las bolas de la mesa. ¿No recuerdas ese refrán que dice... “el hombre propone y Dios dispone”?
M.C. -Sí, pero sigo sin ver ninguna relación.
Yo -Nosotros somos como esas bolas que, de repente y sin previo aviso reciben un fuerte impacto y deambulan mareadas sin saber dónde van, ni con cuantas bolas chocarán y lo único que tienen claro es que al final acabarán cayendo ... ¡en el hoyo!
M.C. -Ahora, lo entiendo. O sea que, por mucho que programes y te compongas, el azar puede desbaratar tus planes y es recomendable mantenerte en alerta por lo que pueda ocurrir.
Yo -Perfecto. ¡Lo has captado de forma magistral!
Viajé por carretera y a pesar de la insistente lluvia, llegué a tiempo a la residencia militar de la Academia de Infantería de Toledo y compartir mesa con los viejos y nuevos “frater” que acudieron a la ceremonia secular del juramento templario.
Según se iban incorporando los recién llegados, desde Galicia, Cataluña, Levante o Andalucía, vi cómo se cumplía mi “teoría de la mesa de billar”.
Retirados a descansar, a eso del filo de la media noche, la magia nocturna me reservaba una nueva sorpresa, pues cuando entrelazaba la vigilia con el sueño y el sueño vigilia, me sentí observado con la por tres enigmáticos cuerpos que, en silencio me acompañaban en mi retiro.
Uno era un bello y sencillo crucifijo templario de madera que tenía en la cabecera, el otro, en el techo, una cruz de San Andrés de los Tercios Españoles, y el tercero, a los pies de la cama, era un frío y vigilante espejo.
Me querían enviar un mensaje y con una técnica de relajación aprendida tiempo atrás, abrí mi mente o glándula pineal, también llamada “tercer ojo”.
De pronto, me encontré en medio de una ciudadela amurallada o Kashba en tiempos de las cruzadas, abrazado a un crucifijo. Casi sin darme cuenta, en un suspiro, había viajado a través del tiempo, pero en esta ocasión, el humo, el fuego, los gritos, la sangre... dominaban una lucha sin cuartel contra “el turco”. La bandera que recogí del mástil caído, me resultó conocida por su aspa roja de nudos leñosos que simboliza el martirio de San Andrés conocida como cruz de Borgoña. Cuando reparé en el espejo, pregunté por su mensaje y para mí decepción me respondió con un escueto silencio.
La tímida luz del alba entró por la persiana semiabierta y la jornada prometía ser singular por su solemnidad y trascendencia. No me equivoqué, todo se cumplió como estaba previsto en cuanto al fondo y la forma.
Llegada la media noche, tras la exquisita cena de gala, recordé que tenía un mensaje pendiente por parte de mi amigo el espejo. Se mantuvo en silencio hasta que concilié el sueño, sin embargo, antes de despuntar el amanecer, sentí cómo me observaba con cierta sonrisa, y sin decir una sola palabra, me explicó que cuando el tiempo lo conviertes en historia, has ganado.
Desfilando el domingo con los amigos y compañeros de la Orden, lo comprendí:
“El tiempo se pierde, salvo cuando lo conviertes en historia”
EconomistaEditor ADV
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“Amigos a quien amo
sobre todo tesoro;
que todo lo visible es triste lloro".

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