¿RETORNO DE LA RELIGIÓN?
Recientemente los medios de comunicación se han hecho eco de ciertos hechos que han dado pábulo a no pocos -personas, grupos e instituciones- a considerarlos como indicadores de la vuelta o del retorno de lo religioso a esta sociedad secularizada. Eran datos tanto individuales como colectivos -masivos en algunos casos- que llevaban una carga religiosa considerable. Eran datos, por otra parte, de una clara dimensión social, lo que daba pie a eso del “retorno de lo religioso” no sólo a los individuos o a alguna institución, sino a una población más amplia: la sociedad. Y finalmente, estos hechos fueron leídos en clave religiosa, tanto positiva como negativa, lo cual generó en los medios una cierta polémica.
Los hechos
Hemos de referirnos, en primer lugar, a un filme - “Los domingos”- que paradójicamente fue acogido como una significativa novedad y fue leído, quizás sobrepasando las intenciones primeras de su autora, como un claro mensaje religioso encarnado en una joven, casi adolescente, llamada por Dios a una vida religiosa contemplativa. A esta película se añadía la performance de Rosalía en el centro de Madrid, un espectáculo que unido a la letra de sus canciones (su álbum LUX se ha definido como “una de las reivindicaciones de la espiritualidad de estos tiempos”) y a la actitud personal manifestada por la cantante también han sido interpretados no solo como una manifestación sino como un regreso de lo religioso.
A
estos dos testimonios individuales, aunque con clara dimensión
social, hemos de añadir las manifestaciones multitudinarias como el
caso de Hakuna que ha reunido a miles de jóvenes católicos
en amplios espacios no específicamente religiosos (por ejemplo en la
plaza de Vista Alegre de Madrid) o el movimiento Effetá que,
por el contrario, ofrece a los jóvenes el cultivo de la interioridad
a través de conciertos o de retiros que buscan el encuentro personal
con Dios y que confirman la tendencia de un resurgir de fe entre los
adolescentes y jóvenes. Y a esto podemos añadir la figura del joven
santo milenial Carlo Acutis, recientemente canonizado, y su
gran repercusión especialmente entre los jóvenes católicos.
Todo esto llevó a pensar que afortunadamente se estaba acabando el abandono de lo religioso en nuestra sociedad española y que la religión -en este caso la religión católica- había vuelto a recuperar sus raíces y sus frutos en una sociedad que tantos habían venido definiendo como laica e intensamente secularizada. Los medios escritos o digitales dieron buena cuenta del entusiasmo con el que estos hechos “despertaban” a una sociedad dormida religiosamente y eran valorados como expresiones de una auténtica vuelta a las raíces de nuestra tradición y a la recuperación de los auténticos valores de la sociedad europea y occidental. Los hechos, los datos eran todavía escasos, ciertamente, pero no se ponía en duda su autenticidad y su dimensión religioso-cristiana. En todo esto, se afirmaba en algún medio digital, “se percibe en España un fenómeno inesperado: un renacer espiritual, libre de moralismos y teñido de arte, que devuelve lo sagrado al centro de la cultura contemporánea”.
Las otras reacciones
Pero no todos reaccionaron o respondieron de una manera positiva ante estos hechos, convertidos en estímulos religiosos, ni reconocieron o afirmaron que lo religioso había vuelto a nuestra sociedad ni que había reflorecido la religión católica en nuestra sociedad y, dentro de ella, en buena parte de nuestra juventud. Hubo reacciones doblemente críticas -en algún caso despectivas- de este fenómeno que comentamos:
a) En primer lugar, los grupos intelectuales contrarios a la presencia de lo religioso en la sociedad que consideraban la actitud antes descrita como algo absurdo, carente de sentido. No era un retorno -o un avance positivo- de lo religioso, decían, sino justamente todo lo contrario: era volver al pasado y recuperar dimensiones, formas y manifestaciones de lo religioso ya superadas, periclitadas y recuperadas en una sociedad para la que ya no tenían sentido. Este retorno de lo religioso, decían, no debía ser proclamado como un dato enormemente positivo para los propios creyentes, incluso para la sociedad, sino más bien un retroceso peligroso.
b) Pero ha habido otra crítica más radical, nacida de los propios creyentes, especialmente de los grupos de teólogos llamados progresistas -también de cierta prensa religiosa- que coinciden de algún modo con el grupo anterior pero que critican este fenómeno porque lo consideran como una recuperación de la religión -en nuestro caso una fe católica- sólo en ciertas manifestaciones religiosas, pero olvida el núcleo de la fe desde los supuestos radicales del Evangelio. Sería una ofensa a la propia fe cristiana y una infidelidad a su misión ante la sociedad de nuestro tiempo considerar ese llamado “retorno de lo religioso” como la necesaria e ineludible presencia profética de la fe en nuestra sociedad de hoy y de mañana. Y llegan a referirse a Hakuna, por ejemplo, como el integrismo católico o, peor aún, como “cristofascismo”. Algo que no sólo está fuera de lugar y de tiempo, dicen, sino que es radicalmente negativo.
c) Hay otra respuesta desde creyentes que, sin ser teólogos profesionales sí manifiestan su opinión al respecto y se escandalizan de que algo aislado, aunque pueda ser considerado como una anécdota positiva en el ámbito social y religioso, sea elevado al nivel de categoría. Como ejemplo citaré un artículo José F. Peláez, periodista joven y perspicaz comentarista político, que participa de esta crítica quienes tan fácilmente hablan de ese regreso de lo religioso. En su artículo de ABC del 31 de enero de este año, que lleva por título “¿Y este era el retorno del catolicismo?”, califica dicho retorno del que hablamos como un “espejismo”, y lanza esta afirmación: “resulta aterrador lo sencillo que resulta conseguir que la anécdota se convierta en ‘momentum’ y se travista como espíritu de una época”. Y precisa que esos datos no significan que nuestra sociedad vuelva a ser (más) católica: cabría recordar que para saber si una sociedad es cada vez más católica habría que valorar “si en esa sociedad están cada vez más visibles las consecuencias de abrazar el Evangelio, es decir, si es cada vez más compasiva, más justa, más humilde, más atenta al débil y más capaz de perdonar”. Es decir, no es justo hablar del regreso tan sólo por recuperar o por “poner de moda” ciertos datos religiosos, sobre todo externos y masivos aunque puedan mostrar elementos positivos.
Y termina volviendo a rechazar lo que no es expresión del auténtico cristianismo en nuestra patria -menos aún si todo esto se politiza- y afirmando la necesidad de conocer, aceptar y vivir el núcleo del evangelio: “Por eso la pregunta (adecuada) es si los católicos seguimos pareciéndonos en algo al mensaje que decimos abrazar…”. A lo que habría que añadir que los hechos que se airean socialmente pueden ser positivos en algunos aspectos, pero no justifican que desde ellos se pueda hablar de una vuelta auténtica y general de lo religioso y de la fe a nuestra sociedad. El retorno de la fe no solo ha de traer al presente ciertos hechos del pasado, sino de recuperar los valores del Evangelio allá donde se hubieran perdido.
Teódulo GARCÍA REGIDOR
Profesor del Centro Universitario La Salle
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“y oye allí otro modo
de no perecedera música,
que es la fuente y la primera.”
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