141 El Quijote en verso (VI)

 



CAPÍTULO III


Donde se cuenta la graciosa manera

que tuvo don Quijote en armarse caballero

Fatigado con estos pensamientos,
puso fin a la cena y, apenado,
al ventero llamó para rogarle
hincado de rodillas y angustiado:

-Jamás levantaré de donde estoy,
valiente caballero, si no hallo
de vos ayuda, que habrá de redundar
en vuestro bien y el de cualquier humano.

El ventero, que vio tal actitud,
muy confuso se le quedó mirando;
y sin saber qué hacer ni qué decir,
que se alzase pedíale al hidalgo.

Finalmente, juzgó ser oportuno
oír la petición del castellano;
y aunque no estaba nada convencido,
promesa le brindó de hacerle caso.

-No esperaba yo menos, señor mío
-respondió don Quijote, ya calmado-,
que el don que os he pedido y vos haréis
será el de caballero verme armado.

Porque en vuestro castillo, en esta noche,
la promesa que ahora me habéis dado
cumpliréis, y al punto que amanezca
ser caballero andante habré logrado.

Las armas velaré la noche entera,
y mañana obtendré lo deseado.
Saldré después en busca de aventuras,
pues para ello fui predestinado.

De la falta de juicio de su huésped
siempre había el ventero sospechado;
mas, socarrón, quiso seguirle el aire
y afirmó que aquel plan era acertado.

Aseguró que caballero andante
era oficio que él mismo había probado
en gran parte de España, aunque después,
tras años de ejercer, lo había dejado.

Por Málaga y Sevilla, por Valencia,
por Córdoba y Toledo había pasado;
por Granada también, y en todas partes
sus manos y sus pies ejercitado.

Pues –esto lo pensó, mas no lo dijo-
la destreza que tuvo fue ir robando,
y la gran ligereza fue al huir
de aquellos que lo habían denunciado.

Muchos agravios hizo –recordaba-
deshaciendo doncellas, cortejando
a la viudas, burlando la justicia
y a jóvenes pupilos engañando.

Se vino a recoger a aquel castillo
y con la hacienda ajena prosperando;
a muchos afamados caballeros
tuvo el honor de haberlos alojado.

No había en el castillo una capilla
en que velar las armas, mas el patio
bien podría servir para tal fin,
si así lo decidía el candidato.

Que a la mañana, siendo Dios servido,
el velar quedaría terminado;
y que tras las debidas ceremonias
sus deseos se habrían confirmado.

Preguntó a don Quijote qué dineros
o provisión tenía preparados;
y al saber que sin blanca había venido,
dio este consejo a quien sería su ahijado:

-Todo buen caballero ha de llevar
la bolsa bien herrada, y preparado
un ungüento eficaz con que aliviar
las heridas que fuera acumulando.

Ha de tener también camisas limpias,
y alforjas a los lomos del caballo,
donde hilas, ungüentos o camisas
llevar y un buen dinero bien guardado.

Prometió don Quijote hacerle caso
y al corral con sus armas fue pasando.
Asió su espada, se embrazó la adarga
y allí gastó la noche paseando.

Refería el ventero lo ocurrido
y todos los presentes se asombraron
de tan grave locura. Y a la cuadra,
para observar de lejos, se acercaron.


Vieron que paseaba con sosiego,
o paraba y, a su lanza arrimado,
en las armas fijaba la mirada
y atento las estaba vigilando.

Era noche de luna, y los curiosos
con claridad pudieron observarlo.
Entonces antojósele a un arriero
abrevar en la cuadra sus caballos.

El hatijo de armas estorbaba.
Se acercó, con el fin de retirarlo.
Y al verlo don Quijote aproximarse,
alzó la voz y dijo con enfado:

-Detente ahí, quienquiera que tú seas.
No te acerques, ni seas tan osado
de tocar esas armas, si no quieres
ver que quedas de vida despojado.

Desoyendo el arriero estas razones,
lanzó el hatillo de armas sin reparo
un buen trecho. Y entonces don Quijote,
con los ojos al cielo, habló gritando:

¡Socorredme, señora en esta afrenta,
pues mi pecho se siente avasallado
y en esta mi primera gran empresa
solicito de vos favor y amparo!

Y esto diciendo, apartó la adarga,
alzó la lanza usando las dos manos,
y tal golpe soltó sobre el arriero
que este al suelo fue a dar muy malparado.

Tornó el hidalgo a recoger sus armas
y volvió a pasear muy reposado.
Otro segundo arriero hizo lo mismo
que el primero y fue igual su fracaso.

Más grave fue aún el daño; que esta vez
recibió su cabeza tal porrazo
que en dos no se partió, como ocurriera
con el primer arriero, sino en cuatro.

Alarmada acudió toda la venta,
yendo al frente de todos el ventero.
Y al verlo don Quijote con la espada
y adarga preparadas, dijo presto:

-¡Oh, mi señora de la fermosura,
gran esfuerzo y vigor das a este siervo.
Vuelve los ojos a este tu cautivo,
que tamaña aventura está atendiendo!

Cobró, a su parecer, tan grande ánimo,
que lucharía con todos los arrieros
del mundo sin volverse nunca atrás,
y sin dudar acabaría venciendo.

Los compañeros de los dos heridos,
que en tan mal trance a sus amigos vieron,
vinieron en tropel para vengarse
y llovían las piedras desde lejos.

Se aprestó don Quijote a defenderse,
el cuerpo con su adarga protegiendo,
y la lluvia de piedras esquivaba, 
siempre el hatijo de armas defendiendo.

En vano el buen ventero se esforzaba
en parar tal asalto, pues ya cierto
estaba de que aquel hombre sería
muy capaz de acabar con todos muertos.

-¡Alevosos,  traidores –les gritaba
don Quijote, pensando que el ventero
la lealtad que debiera no mostraba,
al permitir que fueran a su encuentro-,

no he de hacer caso alguno de vosotros,
soez, baja canalla, aquí os espero.
Acercaos, venid, que vuestra ofensa
el pago que merece ha de tenerlo!

Los atacantes temieron por su vida,
pues mostraba tal brío y tal denuedo.
Dejaron de tirar, calló el hidalgo,
y ellos a los heridos recogieron. 

Las burlas no eran tal -que así las viera
al iniciarse todo aquel ventero-,
y porque no siguieran adelante
decidió terminar aquel enredo.

Se disculpó de todo cuanto hacía
aquella gente y de su atrevimiento
y trató de explicar a don Quijote
que debía acabar todo aquel duelo.

Y que, habiendo velado ya sus armas,
recibiría el espaldarazo
y buena pescozada. Todo eso
podía hacerse allí y en poco tiempo.

Aceptó don Quijote las disculpas
y le pidió acabar aquello presto;
pues de no ser así, mucho temía
no dejar nadie vivo ni compuesto.

Advertido y medroso el aludido
trajo un libro en donde daba asiento
de la paja y cebada que entregaba
cuando lo requerían los arrieros.

Llamó a las dos muchachas, y un muchacho
una vela encendió. Luego el ventero
a don Quijote, puesto de rodillas,
un buen golpe soltole sobre el cuello,

y murmurando como que rezaba,
con la espada le dio golpe discreto
en el hombro. Y le pidió a una dama
que ciñera la espada al caballero.

-Dios haga a su merced muy venturoso
y dé suerte en la lid –dijo al hacerlo.
Preguntó don Quijote por su nombre,
para poder honrarlo y defenderlo.

Por La Tolosa todos la nombraban,
hija de un remendón, allá en Toledo.
Ofreciole ella a cambio sus servicios
y prometió tenerle gran respeto.

Doña Tolosa quiso don Quijote
que en adelante se llamara, y eso
ella le prometió. Y la otra dama
honores al calzarle le fue haciendo.

Llamaban a esta otra Molinera,
por ser hija de honrado molinero.
También el don le puso don Quijote,
y ella, a cambio, ofreció servicios nuevos.

Hechas las ceremonias al galope,
quiso el recién armado caballero
salir aprisa en busca de aventuras,
pues era su propósito primero.

Ensilló a Rocinante, subió en él,
y abrazó emocionado a aquel ventero
que a pesar de ocurrir tanto dislate
tan grande beneficio le había hecho.

El autor del solemne espaldarazo
respondió a sus palabras con respeto,
y con alivio vio que en buena hora
se alejaba tranquilo el caballero.

ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO

Maestro. Doctor en Ciencias de la Educación

Emérito UCJC

_______________________    

      A este bien os llamo,

gloria del apolíneo sacro coro,"

  Oda III: A Francisco de Salinas. Fray Luis de León________________

                                                  

No hay comentarios:

Publicar un comentario