142 El Quijote en verso (VII)

 



CAPÍTULO XI (PARCIAL)


          De lo que aconteció a don Quijote  
                           con unos cabreros



        


A Sancho y don Quijote aquella noche

de buen grado acogieron los cabreros.

Buscó Sancho acomodo donde pudo

para el buen Rocinante y su jumento.


Se fue tras el olor que despedía

lo que se cocinaba en un caldero,

y encontró que de cabra eran tasajos

lo que allí se cocía sobre el fuego.


Quiso poder llevarlos al estómago,

pues pensó que ya estaba el guiso hecho.

No pudo ver cumplido su propósito,

porque lo retiraron al momento.


Pudo observar entonces que unas pieles

de oveja extendían por el suelo,

y aprisa aderezaban una mesa

a la que fueron convidados luego.


Seis eran, y sentados en redondo

su comida con ellos compartieron.

Pero antes, con groseras ceremonias

a don Quijote un ruego le pidieron:


que aceptara sentarse en una artesa

que vuelta del revés le dispusieron.

Sentose don Quijote, y Sancho vino

le servía en copa hecha de un cuerno.


Puesto en pie, y orgulloso de su oficio,

decía don Quijote a su escudero:

-Bien ves, Sancho, qué beneficio encierra

esto de ser andante caballero.


Cuánta honra y estima se le brinda

en cualquiera que sea su ministerio.

Siéntate aquí conmigo y con la gente

que amable nos ofrece refrigerio.


Soy tu amo y señor, y eso no estorba

que comas de mi plato y donde bebo

bebas tú. Como el amor todo iguala,

así se igualan amo y escudero.

        

-¡Gran merced! –dijo Sancho, agradecido-.

Pero debo decirle, mi señor,

que yo tan bien a solas comería

como sentado junto a un emperador.


Porque así, sin melindres ni respetos,

sin sentarme a la mesa, en un rincón,

fuese pan y cebolla o gallipavos,

a gusto gozaría del sabor.


Que a la mesa, habrá de ser forzoso

mascar despacio, con moderación

beber, limpiar la boca, no toser

ni estornudar en ninguna ocasión.


Así que, señor mío, aunque valoro

las honras que me ofrece y el honor

que supone ser vuestro escudero,

algo de más provecho espero yo.


-Mas con todo, aquí te has de sentar.

Pues solo a quien se humilla ensalza Dios.

Cogió a Sancho del brazo don Quijote,

y a sentarse a su lado le obligó.


Aquella jerigonza no entendían

los cabreros que había entre el señor

y su escudero. Comían, callaban

y seguían aquella discusión.


Embaulaban tasajos como puños.

Y luego que la carne se acabó,

avellanadas bellotas tendieron

y un queso que muy duro pareció.


No estaba ocioso el cuerno ni un momento;

que lleno o vacío, cual cangilón

de noria giraba, hasta que el odre

que contenía el vino se apuró.


Habiendo don Quijote satisfecho

su estómago, en su mano recogió

unas cuantas bellotas, y mirándolas

quiso razones dar y alzó la voz:

           

-Dichosa edad y siglos muy dichosos

aquellos que de ser ‘siglos dorados’

recibieron nombre. No porque el oro,

que tanto estimamos fuera sobrado,


sino porque los que entonces vivían

el ‘tuyo y mío’ habían ignorado.

Que todo era de todos, y siempre hubo

sustento necesario, sin trabajo.


Que bastaba con extender la mano

al fruto que pendía de algún árbol;

que a recoger el sazonado fruto

de la encina estabas invitado.


Las claras fuentes y corrientes ríos

de la tierra manaban sin descanso,

y sabrosas y transparentes aguas

saciaban al viajero fatigado.


Las abejas, discretas y solícitas,

en las grietas de peñas o de un árbol

fabricaban y ofrecían la miel,

fruto de su dulcísimo trabajo.


Enormes alcornoques despedían

de sí, con cortesía, el liviano

corcho con que las casas se cubrían

para salvar de lluvia los tejados.


Todo era paz entonces y amistad.

Aún la pesada reja del arado

ningún surco había abierto, ni la entraña

de nuestra madre tierra visitado;


que esta, sin ser forzada, ofrecía

todo aquello que fuese necesario,

y su espacioso seno alimentaba

los hijos que tenía a su cuidado.


Andaban las hermosas zagalejas

por oteros y valles paseando

en trenza y en cabellos, sin cubrir

más que lo honestamente necesario.


No eran seda de Tiro sus vestidos

ni los que ahora se usan de ordinario;

de hiedra entretejida los hacían

junto con hojas verdes de lampazos.


Y tan pomposas y compuestas iban

como las cortesanas adornando

se van ahora con las invenciones

que la curiosidad ha diseñado.


Entonces los conceptos amorosos

con muy gran sencillez imaginados,

tal y como en el alma aparecían,

sin artificio alguno, eran mostrados.


No mezclaban malicia con verdad

ni existían el fraude y el engaño.

La Justicia no conocía intereses,

pues nadie su favor habría comprado.


Ni la ley del encaje había existido

ni en la mente del juez se había asentado,

puesto que a nadie había que juzgar

ni delito ninguno ser juzgado.


Era la honestidad sola y señora,

sin que temer sufriera menoscabo;

pues solo por la propia voluntad

de la persona podría sufrir daño.


No así en estos detestables siglos,

donde nadie se siente asegurado

aunque quisiese en nuevo laberinto

como el de Creta haberse refugiado.


Que hasta allí la amorosa pestilencia

buscará algún resquicio y habrá entrado,

con lo que hasta el mayor recogimiento

que la dama procure es profanado.


Por salvar el honor de las doncellas

caballería andante se ha fundado;

a las viudas también ha protegido

y a huérfanos y pobres ayudado.


De esta orden soy yo, hermanos cabreros.

Os quiero agradecer el agasajo

que a mi fiel escudero y a mí mismo,

sin nada demandar, nos habéis dado.


Que aunque resulte natural que sean

andantes caballeros ayudados,

sin esto conocer nos acogisteis

y es de justicia que os lo agradezcamos.

       

Toda esta arenga hizo el caballero,

pues las bellotas que cogió trajeron

a su memoria aquella edad dorada

y antojósele aquel razonamiento.


Sin responder palabra, los cabreros

le oían embobados y suspensos.

Por su parte, Sancho iba y venía

comiendo las bellotas y bebiendo.


ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO

Maestro. Doctor en Ciencias de la Educación

Emérito UCJC

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