Lo QUE NOS DIO ALAS
EN NUESTRA JUVENTUD
nos mantiene en vuelo en senectud
PAUL VALÉRY
Quizá de más del centenar de páginas que Moeller dedica a este poeta y pensador francés nos queda la idea vaga de que fue una de las grandes figuras de la literatura francesa del siglo XX, que era escéptico y tolerante, que desdeñaba la inspiración poética y creía en el trabajo, en la conciencia y sobre todo en la razón.
Y nos quedará, seguramente, la atribución que el redactor de “Literatura del siglo XX y Cristianismo” le colgaba de ser “un místico sin Dios”. Sabemos, confidencias suyas, que en su educación recibió “un poco más de superstición que de religión” y que confundía religión con trances emotivos. Sin esperanza y sin Dios, Valéry no encontró el punto de apoyo en su búsqueda de “algo” y en la huida de una posible locura que le era todo.“Todo esto me condujo a declarar a todos los ídolos fuera de la ley. Los inmolé a todos ante aquel que nos fue preciso crear para someterle todos los otros, el ídolo del intelecto del cual fue gran sacerdote mi Monsieur Teste. (O.C. II, p. 1511)
Artista a fondo, la misa fue para él un verdadero drama, fascinante. Lo recordamos. Veía que en ella, como sobre una multitud pecadora y penitente, se derramaba una paz, una serenidad y una comunión únicas. La cumbre de su fascinación era el momento de la “elevación” que para él era “el espasmo extraordinario del éxtasis, la obra maestra de todas las artes, la carne atormentada y luego abolida por la sola potencia del pensamiento (Correspondance Paul Valéry-Andre Gide, MALLET, Paris, 1955 p. 143). Sin duda estaba viendo a través de una bruma en la que se le mezclaban lo estético con lo sagrado.Le asombraba en el Catolicismo la fuerza de su organización: “tengo la pasión de la Iglesia; no he hallado en ella un solo tornillo que no esté maravillosamente ajustado” (Correspondance Paul Valéry-Andre Gide, MALLET, Paris, 1955 p.386)
Hoy nos recuerda Paul Valéry que el pensamiento es un cosmos. Habrá que volver a escuchar la fuerza que en él descubre. Al final de sus días resumió:
“Tengo la sensación de que mi vida se ha acabado, es decir, que no veo ahora nada que pida un día más. Lo que queda por vivir ya solo puede ser tiempo que perder. Después de todo, he hecho lo que he podido. Conozco”.
Charles Moeller
Literatura del siglo XX y Cristianismo
Ed. Gredos, Madrid. vol. V, pp. 265-392
CARLOS URDIALES RECIO
Maestro. Profesor de Escuela de Magisterio


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