Heidegger y el giro hermenéutico
En
el último AFDA terminamos con Ser
y tiempo. Heidegger
nos llevó a la conclusión de que el Dasein es ante todo
temporalidad.
Con ello, el terreno estaba preparado para llevar a cabo una
comprensión del ser en general desde las coordenadas del tiempo: el
ser es, antes que nada, tiempo.
Pero Heidegger nunca llegó a escribir la segunda parte de la obra,
que iba a llevar por título Tiempo
y ser, y la razón de
ello es muy simple: Ser
y tiempo, a los ojos
de Heidegger, fue un fracaso. Fracasó, no en cuestiones comerciales,
sino como proyecto.
Como ya vimos en entregas anteriores, Heidegger define al Dasein como
un poder ser.
Su esencia consiste precisamente en esa capacidad de proyectar
sentido a su vida y al mundo del que forma parte. Pero, si eso es
cierto, cualquier esfuerzo humano de elaborar una metafísica carece
de sentido, puesto que toda comprensión del mundo llevada a cabo por
el Dasein está mediada por el tiempo. Mientras que en el caso de
nuestras vidas particulares la comprensión de nuestro ser está
condicionado por nuestra biografía y nuestros proyectos, en el caso
de preguntas filosóficas como aquella relativa al sentido del ser,
su comprensión está sujeta a la historia
humana.
De
tal manera que, cuando uno se enfrenta a ideas perennes como las de
“ser”, “hombre” o “belleza”, su trato se dirige no tanto
a entidades objetivas a la manera científica, sino que se las ve de
primeras con la Historia. El error consiste precisamente en dirigirse
a estas ideas como entidades objetivas ajenas a la historia,
resultando en un saber “objetivo” del que la historia poco puede
decir. Al contrario, Heidegger se da cuenta de que la característica
principal de la comprensión es su historicidad.
Y esto afecta de lleno a la pretensión de Ser
y tiempo de dar una
caracterización del ser limpia de connotaciones metafísicas legadas
por la historia. Es más, no es solo que Heidegger hubiese fracasado
en el propio planteamiento del problema, sino que las conclusiones de
su esfuerzo demuestra el más claro ejemplo del condicionamiento
histórico de su comprensión. En efecto, la razón por la que
Heidegger caracteriza al Dasein como pura posibilidad,
por la que también ve en la angustia
la vía de acceso a la comprensión auténtica del ser, y, en
definitiva, por la que dirige su mirada al tiempo como única fuente
donde buscar el sentido del ser, solo puede explicarse entendiendo el
momento histórico en el que Heidegger habita.
El proyecto de Ser y tiempo fracasa porque no podía ser de otra manera: vivimos en la época de la técnica (Gestell), donde las grandes preguntas metafísicas no tienen cabida. El mero hecho de que Heidegger plantease la pregunta por el “sentido del ser” delata la crisis de sentido en la que vivimos. Vivimos en tiempos nihilistas, y Heidegger ve en su obra una clara expresión de ello. Heidegger solo podía interpretar el ser del Dasein como pura posibilidad, es decir, como la nada, porque así es como se comprende el hombre nihilista. Ser y tiempo no puede escapar de sus garras. Heidegger lo sabe, y por ello dedicó la segunda parte de su vida (circa 1930, en adelante) a reinterpretar su propio pensamiento. Ya no se trata de ofrecer una comprensión positiva del ser al estilo de los grandes metafísicos, sino de pensar el ser en su historicidad. En otras palabras: pensar la metafísica como una historia hermenéutica del ser. A este “giro” (Kehre) del pensamiento de Heidegger es al que dedicaremos nuestra atención en las próximas entregas. Seguiremos a Heidegger en su repaso de la historia de la metafísica, que él entiende como una historia del olvido del ser; historia que culmina en la época de la técnica, y de la que Ser y tiempo es máxima expresión.
Nicky Arnell León
Fin de carrera de Filosofía
Universidad de Málaga


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