143 Semanario "La Verdad"

 



En torno a 1926: la voz de La Verdad


Acontecimientos educativos o noticias sobre educación producidos durante este año 2026 en España me han traído a la memoria otros hechos acaecidos un siglo atrás con el gobierno de Primo de Rivera: son acontecimientos que, aunque responden a un modelo educativo diferente del actual, guardan, sin embargo, relación con los problemas que vivimos en España.

Dos hechos de relieve estaban vigentes y eran objeto de discusión con intensidad, incluso con pasión, en la educación nacional que vivía una cierta efervescencia en 1926 con motivo del gran tema de la renovación del Bachillerato. Dichos hechos guardaban relación directa con la Institución Libre de Enseñanza: el primero, porque en esta fecha se cumplían los 50 años de la creación de dicha Institución, que tuvo lugar en 1876; el segundo porque se celebraba el sexenio de la fundación del hijo predilecto de la Institución Libre: el Instituto-Escuela creado en 1918. Los medios de comunicación de ese año trataron con frecuencia de estos temas; unos claramente a favor y otros, los medios católicos, claramente en contra. Era la polémica entre la educación laica, acusada de laicista, y la católica. No voy a tratar el gran tema de la renovación de la enseñanza secundaria de entonces; más bien, me voy a centrar en la actitud de los medios católicos ante estos dos hechos antes citados. Trataré de recordar en estas páginas las expresiones de condena de algunos medios católicos, opuestos por principio a casi todos los planteamientos educativos no católicos de la época: es un capítulo más de la oposición entre el modelo católico de educación frente al llamado laicista por los católicos.


    1. 1926: El cincuentenario de la Institución Libre de Enseñanza


En 1926 se celebraba, como digo, el cincuentenario de la fundación de la Institución Libre de Enseñanza. La prensa institucionista (el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza (BILE) y otros medios de carácter liberal y laico) aplaudía gustosa esta fecha y se dedicaba a exaltar la figura de Giner de los Ríos y la pedagogía institucionista; los medios católicos, por el contrario, continuaban con su línea crítica, cuando no despectiva, de este fenómeno antipático, cuando no peligroso. Aparte de El Debate, elemento clave en la lucha contra el llamado laicismo en la enseñanza, apareció La Verdadsemanario fundado por el agustino padre Teodoro Rodríguezuna publicación prolífica en la crítica que señalamos y tan insistente que llegaba a resultar monótona. Y una crítica de gran dureza, además, aunque pretendiera ser objetiva. Este medio, desarrolló durante los años 1926 y 1927 una amplísima producción que, como digo, apuntaba a la Institución Libre de Enseñanza en términos, cuando menos, poco complacientes.

En junio de 1926, con el título “La Institución y sus actuales representantes”, salía a la luz una serie de más de diez artículos (desde noviembre de 1926 hasta febrero de 1927), que tenía como objetivo destacar la diferencia de conducta entre los miembros de la Institución original (claramente distanciados de los gobiernos nacionales) y la de sus “actuales representantes” (casi identificados o confundidos con dichos gobiernos). Casi todo esto se debía a la pluma descalificadora del fundador de La Verdad, el agustino P. Teodoro Rodríguez, que ensayaba un mano a mano con algunos prohombres del institucionismo.

Además, con ocasión de la publicación de la primera “Memoria” que realizó la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE) sobre los primeros seis años del Instituto-Escuela, aparecía en cierta prensa católica un elevado número de escritos (artículos sueltos y series monotemáticas) cuyo objetivo era directa o indirectamente la crítica a la ILE. Unas veces, es cierto que se reconocían los logros y los méritos de la Institución; otras, sin embargo, se dedicaban a puntualizar y criticar algunas cuestiones relacionadas con la Institución y con los organismos de ella derivados, y, finalmente, trataban de “poner en su sitio” a la propia Institución, es decir, pretendían rebajar el tono laudatorio que empleaban en estos años sus miembros o simpatizantes y “dar a conocer” de nuevo a la opinión pública los defectos y las contradicciones de la tan ponderada Institución, considerada como “piedra angular” de la renovación educativa española.

En esta serie de artículos La Verdad, o lo que es lo mismo, el P. Teodoro Rodríguez, aprovechaba las intervenciones de algunos miembros o simpatizantes de la ILE en la prensa nacional o extranjera para realizar una dura crítica a esta institución y al estilo que manifestaban sus actuales “representantes”. Los artículos de La Verdad se ofrecían al público español como el contrapunto de la Institución que propagaban aquellos sobre los que recaía ahora el peso del institucionismo, los cuales escribían en medios públicos y foros de amplia cobertura y alto prestigio. También servían para puntualizar o precisar esas manifestaciones en lo que, a juicio de La Verdad, tenían de exageración o de error; para descubrir aquello que ocultaban los hombres de la Institución, para poner, en definitiva, las cartas boca arriba, y separar las verdades de los errores, continuamente mezclados en las expresiones de los institucionistas. Finalmente, también eran ocasión para dar rienda suelta a los sentimientos de antipatía personal del P. T. Rodríguez hacia la Institución Libre, tomando como excusa las manifestaciones de alguno de sus representantes actuales.

       

        2. Triple crítica a la ILE de 1926

El agustino descendía de la crítica global a la ILE a aspectos concretos que le parecían estar no sólo en contradicción con el modelo oficial de la educación española sino, en ciertos aspectos, en contradicción con el propio pensamiento institucionista. La crítica se puede resumir en tres puntos:


                                           a) Pérdida de identidad

Esta Institución “ha plegado su bandera de libertad, abandonando su programa primitivo y en cierta manera traicionó a sus maestros, pues tanto Giner de los Ríos como los cofundadores de la ILE eran entusiastas contradictores de la ‘dictadura inteligente desde el ministerio’, en cambio los nuevos responsables de la ILE “añaden otra dictadura, la suya, pero con un agravante: la de sus predecesores era pública y manifiesta mientras que esta es oculta y subterránea y ejercida por poderes invisibles e irresponsables”, decía La Verdad.

Y el agustino suscitaba varias cuestiones para mostrar el abandono de los ‘actuales representantes’ de una nota esencial de la Institución: ser ante todo libre. Cuestiones cuya respuesta era un ataque directo a la Institución Libre de Enseñanza en su versión de 1926: ahora la ILE era la principal enemiga de la libertad de enseñanza: “los principales enemigos de la libertad de enseñanza hállanse en la Institución”, pues habían borrado la libertad, eso que siempre había sido una nota identitaria de la Institución Libre.


                                          b) Parcialidad

   No cabe duda de que la Institución de Giner promovió intensamente una pedagogía nueva y creó instrumentos de renovación pedagógica inusitados entonces en España y, en cierto modo, sorprendentes. Pero los fieles institucionistas actuaban ahora como si todo lo ajeno a su pedagogía fuera despreciable y careciera de valor. Por esto, otro de los argumentos centrales del semanario La Verdad en la crítica institucionista de estos años era “el desprecio para con todo aquello que no esté en su línea de pensamiento y la omisión de valor de toda aquella expresión educativa que no respire la atmósfera institucionista”. En referencia a un artículo de L. Araquistain en El Sol, Teodoro Rodríguez se dolía de que una vez más se dejara en mal lugar por parte de un institucionista no sólo a los profesores de las escuelas congregacionistas, sino incluso a los catedráticos de Instituto, puesto que a unos y a otros atribuye la incapacidad de educar “en todas las funciones de la vida colectiva”.


            c) Ofensa a la educación nacional

       Y junto a la parcialidad se unía la acusación de ofensa e injusticia para con muchos hombres eminentes que “son colaboradores de la cultura nacional […] entre los cuales hay muchos de talla intelectual muy superior a la de los institucionistas”. Y aunque T. Rodríguez no citaba nombres propios, consideraba como ofensa sentida por no pocos, que además sentían bochorno ante ciertos actos “poco edificantes” que los institucionistas hacían en el extranjero. Y se refería a la solicitud por algunos institucionistas para que algunos países subvencionaran ciertos proyectos pedagógicos, arrojando desprecio y marginación sobre la educación española. Y junto a ello, la “apropiación” de comisiones, juntas y comités del Ministerio de Instrucción Pública. Y luego terminaba con el ritornello, el estribillo de esa canción frecuentemente entonada por los medios católicos: la del cambio sufrido por esta irreconocible Institución de hoy: antes, libre; hoy, dependiente de gobiernos, instituciones públicas y del presupuesto del Estado.


Por eso el agustino afirmaba que había que volver a los orígenes y, poner a la Institución en pie de igualdad con los demás centros privados, asumir cada uno sus propias cargas: que los institucionistas financiaran el ideal institucionista como los católicos el suyo… “pero mendigar en el extranjero, como hizo Araquistain, donativos para hacer un edificio donde se instale un centro cultural sostenido por el Estado, es una humillación para nuestra patria, que ningún español tiene derecho a ocasionar”.

       Epílogo: ¿cambio de estrategia?

    En el Congreso Catequístico de Granada, celebrado también en 1926 y ante una buena parte del episcopado español, el P. Teodoro Rodríguez buscará en cierto modo oficializar la oposición al institucionismo: que esta lucha fuera algo asumido (oficialmente) por la Jerarquía católica. El omnipresente agustino aportó una Memoria en el Congreso, cuyo tema no era estrictamente catequístico. En ella abordaba una cuestión de la que no podía desprenderse en absoluto: “La Escuela y el Institucionismo”. Y ante un auditorio eminentemente católico pretendía denunciar con claridad al “enemigo” que invadía la educación en España, y emplazaba al episcopado a comprometerse, a través del apoyo a un medio que no era el tradicional en la lucha contra la Institución: la prensa. El P. Teodoro había “descubierto” este nuevo medio que, desde ahora, 1926, debería ocupar el primer lugar en la lucha contra la enseñanza laica.


Teódulo GARCÍA REGIDOR

Profesor del Centro Universitario La Salle

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