143 El Quijote en verso (VIII)

 



CAPÍTULO XV (PARCIAL)


           Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses

 

Despidiose don Quijote, y luego

-Hamete Benengeli así lo cuenta-

se entró con su escudero por el bosque

en el que antes se adentró Marcela.


Dos horas la buscaron, sin hallarla,

hasta a un prado llegar de yerba fresca

donde apacible corría un arroyo

que invitaba a pasar allí la siesta.


Apeáronse Sancho y don Quijote

y dejaron pacer la fresca yerba

a Rocinante y al jumento sueltos,

mientras ellos tomaban la merienda.

            

No había atado Sancho a Rocinante,

pues este manso y muy tranquilo era,

y no cabía esperar que lo turbase

la yeguada de Córdoba completa.


Mas la suerte y demonio nunca duermen.

Y ocupaban también esa pradera

unas jacas de arrieros de Galicia

que estaban sesteando en esas tierras.


Entonces sucedió que Rocinante

gustó refocilarse, y sin licencia

de su dueño, con trote picadillo

a toda prisa se fue para la recua.


Mas a lo que parece, menos ganas

de fiesta tenían aquellas yeguas

que Rocinante, y con herraduras

y con dientes le dieron la respuesta.


Se rompieron las cinchas, y en pelota

quedose Rocinante. Los arrieros

se unieron a las jacas, y con palos

y estacas que llevaban lo molieron.


Llegaron jadeando don Quijote

y su escudero, y juntos descubrieron

que malparado estaba Rocinante,

al que habían derribado sobre el suelo.


-Amigo Sancho, pienso que estos hombres

-dijo don Quijote- no son caballeros

sino gente soez, y ser demuestran

de muy baja ralea, según veo.


Lo digo para que ayudarme puedas

a vengar y reparar por entero

el gran agravio que ante nuestros ojos,

dañando a Rocinante, nos han hecho.


-¡Qué diablos de venganza! –dijo Sancho-.

Si a más de una veintena llegan ellos

y nosotros no somos más que dos,

y yo diría que hacemos uno y medio.


-Por cien yo valgo –dijo don Quijote-.

Y sin dudar echó la mano presto

al puño de su espada y se lanzó

arremetiendo al grupo de gallegos.


Hizo también lo mismo Sancho Panza,

siguiendo de su amo aquel ejemplo.

Lanzó tal cuchillada don Quijote,

que a uno le rajó el sayo de cuero.

           

Viéndose maltratados de tal forma

por solo un par de hombres, los gallegos

tomaron sus estacas con ahínco

y vehemencia y cayeron sobre ellos.


Ya en el segundo toque, Sancho Panza

acabó magullado y muy maltrecho.

Otro tanto pasaba a don Quijote,

que se vio derrotado sin remedio.


Junto a los pies cayó de Rocinante,

que aún estaba tendido sobre el suelo.

Donde se echa de ver cómo machacan

las estacas en manos de hombre necio.


Asustados del daño que habían hecho

a Sancho y don Quijote, los gallegos

prepararon su recua a toda prisa

y en breve su camino prosiguieron.


Quedaron, mala traza y peor talante,

tendidos nuestros dos aventureros.

El primero en hablar fue Sancho Panza,

que así se lamentó con voz de enfermo:


-¡Ah, señor don Quijote¡ ¡don Quijote¡

Y con el mismo tono lastimero:

-¿Qué quieres, Sancho hermano?

-preguntó don Quijote a su escudero.


-Quisiera, si es posible, que me diese

vuestra merced dos tragos. Que provecho

ha de hacer ese vino a las heridas

y al gran quebrantamiento de los huesos.


-Esa bebida del feo Blas que, Sancho,

solicitas, a mano no la tengo.

Que de tenerla, pobre desgraciado

de mí, ten por seguro, te la ofrezco.


Pero si no lo estorba la fortuna,

te juro a fe de andante caballero

que no habrán de pasar más de dos días

sin que tengamos eso que queremos.


-¿Y cuándo le parece a su merced

que nuestros pies se moverán de nuevo?

-No sabría a esos días poner término

-dijo a Sancho el molido caballero-.


De esta derrota tengo yo la culpa.

Que contra quien no fuese caballero

nunca debía yo tomar mi espada.

Advertido has de estar de todo ello.

        

Que el dios de las batallas en castigo

todo esto ha permitido, es lo que creo.

Importa mucho a la salud de entrambos

que a lo que yo te diga estés atento:


cuando veas venir que algún canalla

algún indigno agravio quiere hacernos,

sin esperar que tome yo mi espada

tómala tú e intenta protegernos.


Que si en defensa de nuestros enemigos

acudieren algunos caballeros,

con la fuerza que sabes de mi brazo

sabré yo defendernos y ofenderlos.


La arrogancia que usaba don Quijote

recordando cuál fue aquel vencimiento

que hubo sobre el valiente vizcaíno,

no gustó a Sancho, que acabó diciendo:


-Ved, señor, que soy manso y sosegado

y por hombre pacífico me tengo,

y que cualquier injuria disimulo

por llevar a mis hijos el sustento.


Tome vuestra merced también aviso:

que ni contra villano o caballero

yo tomaré mi espada, y que perdono

cualquier agravio que se me haya hecho.


[………………..]

ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO

Maestro. Doctor en Ciencias de la Educación

Emérito UCJC

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