| UN CUARTO A ESPADAS (IV) |
POR UNA DE LAS VETAS DORMIDAS
La irrupción de la persona de Jesús en tierras de Judea y de Galilea, “un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo” (Lc 24, 18), pero, sobre todo, su resurrección de entre los muertos, debieron de dejar atónitos a su círculo de seguidores. Era demasiado. El Todopoderoso Dios les paralizaba con su presencia. Vieron el aspecto serio de lo que estaba ocurriendo ante sus ojos sorprendidos por algo asombroso, nunca imaginable.
Tirando de pequeños detalles, descuidados en los evangelios, es posible asomarse a una dimensión que está aún por descubrir a veinte siglos de distancia.
Bastaría que aplicando el sentido común a ciertos pasajes del Evangelio, con la agudeza de un sabio a lo Benedicto XVI y la creatividad de un Giovanni Papini, se tirara de la escena del Niño perdido y hallado en el templo, de las bodas de Caná, de la conversación en la noche con Nicodemo, para, tras ese hilo tener la madeja de un deslumbrante niño prodigio, de unos alegres bailes que se marcaría la Virgen, en plena juventud, y de unas enigmáticas y sabrosas noches con amigos, etc.

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