Heidegger y el comienzo
del olvido del ser
En la última entrega de AFDA pusimos el broche final al Heidegger de Ser y tiempo (el primer Heidegger) e introdujimos al Heidegger del giro (el segundo Heidegger). Tras llegar a la conclusión de que la pregunta por el sentido del ser no tiene respuesta, Heidegger se dedicó durante este segundo momento de su pensamiento a interpretar el fracaso de su obra magna. Ya no se trataba de continuar en busca del sentido del ser, sino de indagar en el porqué de su ausencia de respuesta. Como ya vimos, el Ser y tiempo estaba condenado al “fracaso”, no por errores en los planteamientos y conclusiones, sino porque su pregunta no podía tener otra respuesta en la época histórica en la que se escribió. Esta es la época de la técnica, que tiene a su raíz el nihilismo. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Acaso la pregunta por el ser tuvo alguna vez respuesta? Para averiguarlo, Heidegger decide emprender una historia de la metafísica en la que construye, a lo Nietzsche, una genealogía de la metafísica.
En su pregunta por sus orígenes, Heidegger descubre que en la Antigua Grecia también se dio este ocultamiento del ser. Todo comenzó con Platón, que entendió el ser como “idea” (Eidos). Mientras que el mundo sensible es el absoluto devenir, en el que nada permanece, la idea es lo auténticamente visible para el nous. Es, en definitiva, lo que está a la vista del alma. Con ello, comienza una comprensión del ser como aquello que se presenta ante esta. El nous no posee sentidos sensibles, por lo que su forma de ver es “teórica”. “Theoro” en griego quiere decir “vista”, y ello se encuentra en la raíz de nuestra comprensión actual de “contemplación”. De manera que el conocimiento, la episteme, se hace completamente dependiente de la idea de una imagen (una imagen espiritual, conceptual, etc.), es decir: se hace inseparable de la idea de que el conocimiento es lo que está presente ante los ojos del intelecto. En tanto que idea, el ser es lo eternamente presente, puesto que es lo que se mantiene en la presencia. No necesita de otra cosa para existir, y eso es lo que lo hace valioso por sí mismo (auto tò agathón).
Sin embargo, la auténtica consolidación de la confusión entre el ser como lo presente del ente viene de la mano de Aristóteles. Este concibe el ser como “sustancia”. La palabra que él utiliza para referirse al ser es ousía, que sería aquello que subyace a todo accidente (es decir, el hypokheimenon). Posteriormente, estos conceptos son trasladados al latín como substantia y subiectum, respectivamente. En concreto, “substantia” es una transformación latinizada del participio presente on, ontos, y hace referencia a la “entidad del ente”. Nótese cómo el ser es borrado enteramente de la ecuación; este se define como lo que hace que el ente sea ente. El ser ya no se considera por sí mismo, sino como ser del ente, que consiste precisamente en el “ser ente” del ente.
En Aristóteles, argumenta Heidegger, se da la negación total del ser: lo que es, antes de nada, es ente. Mientras que Platón todavía dejaba un espacio trascendente para las ideas, la negativa de Aristóteles a aceptar el mundo suprasensible reduce la noción de “ser” a lo que existe en el mundo sensible. Este se torna la medida del ser, y no al contrario. Este movimiento que llevó a cabo Aristóteles transformó para siempre a la metafísica. Después de él, esta se concibe como una ciencia del ente con vistas a llegar al ente absoluto: Dios. El ser es borrado del panorama, olvidado, para ser reemplazado por lo que Heidegger llama una onto-teología. Este será el tema central de la metafísica medieval, en la que nos adentraremos, de la mano de Heidegger, en la próxima entrega.
Nicky Arnell León
Fin de carrera de Filosofía
Universidad de Málaga


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