144 El Quijote en verso (IX)

 



Segunda parte


CAPÍTULO XLV (PARCIAL)


           De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y del modo que comenzó a gobernar

 

Mas se hizo lo que el gobernador

mandó. Luego ante él se presentaron

dos ancianos. Uno venía apoyado

sobre cañaheja, y otro sin báculo.


Y este dijo: -Señor, a este buen hombre

diez escudos de oro presté yo

hace días, por hacerle el placer

y buena obra, con la condición


de que él me los fuese devolviendo

cuando se los pidiese. Tras pasar

muchos días sin que se los pidiera,

-pues en una mayor necesidad


no quería yo ponerle de aquella

que tenía cuando se los presté-,

pensando que en pagar se descuidaba,

bastantes veces se los reclamé.


Pero no solo no me los devuelve,

sino que dice que esos diez escudos

nunca le he prestado. Que si así fue,

seguro que devueltos ya los tuvo.


Por lo que rogaría a su merced

que le fuera tomando juramento;

que yo se los perdono ante Dios

y aquí, si jura que los ha devuelto. 


- ¿Qué tenéis que decir, señor del báculo?

-preguntó Sancho. A lo que el viejo dijo:

-Señor, confieso que me los prestó;

mas que baje la vara yo le pido,


pues ya que a mi juramento lo deja,

he de jurar que se los he devuelto

y pagado, con gran seguridad.

Bajó Sancho la vara, en tanto el viejo


del báculo se lo pasaba al otro

viejo, para que se lo sujetara

mientras estaba haciendo el juramento,

pareciendo que mucho le estorbaba.


Puso la mano en la cruz de la vara

y juró que era verdad que le prestaron

los diez escudos que se le pedían;

pero que los volvió ya de su mano


a la del otro viejo, aunque este

no se acordase y a cada momento

los volviera a pedir. Viendo lo cual,

al gran gobernador le dijo el viejo


que prestó los escudos, que decía

haberlos ya devuelto su contrario;

y afirmó que sin duda su deudor

decía verdad, pues era buen cristiano;


y que era muy posible que de aquello

que decía se hubiera ya olvidado,

y que en lo sucesivo nunca más

habría de volver a reclamarlos.


Volvió a tomar el báculo el deudor,

bajó la cabeza y dejó el juzgado.

Viendo Sancho que sin más se iba

con gran tranquilidad el demandado


y lo paciente que era el demandante,

inclinó la cabeza sobre el pecho

y colocó luego sobre las cejas 

y la nariz el índice derecho,

se quedó pensativo un buen espacio,

y alzando la cabeza, ordenó

que le trajeran al viejo del báculo.

Y una vez lo trajeron, le pidió:


-Dadme un momento el báculo, buen hombre, 

que lo necesito. –De buena gana

-dijo el viejo-; aquí tenéis, señor.

Y en las manos de Sancho lo dejaba.


Lo cogió Sancho, y se lo entregó

al otro viejo, mientras comentaba:

-Andad con Dios, que ya vais bien pagado.

- ¿Yo, señor, bien pagado? –preguntaba-.


¿Acaso vale diez escudos de oro

esta cañaheja que me ofrecéis?

-Sí que los vale, o yo soy el porro

mayor del mundo. Ahora veréis.


Y ordenó que allí mismo se rompiese

y se abriese la caña. Así lo hicieron,

y en el corazón de aquella vara

los diez escudos de oro descubrieron.


Quedaron admirados los presentes

y tuvieron a su gobernador,

al ver esto, por otro Salomón.

Preguntaron cuál era la razón


por la cual él había colegido

que estaban los escudos en la caña.

Respondió que al ver que a su contrario

mientras juraba el báculo le daba


y tras haber jurado lo pedía

de nuevo, por ello imaginaba

que dentro de él guardada estaba

aquella paga que le reclamaban.


De donde se podía colegir

que aquellos que gobiernan, aunque sean

algo tontos, los encamina Dios

cuando dictan sus juicios y sentencias.


Y más, que él al cura de su pueblo

otro caso había oído contar,

y con su gran memoria no olvidaba

aquello que debía recordar.


Finalmente, se fue el viejo corrido

y también el pagado se marchó,

y admirados quedaron los presentes

de la forma en la que Sancho actuó,


de sus palabras, de sus movimientos

y sus hechos; y no tenían por cierto

si su gobernador sería algo tonto,

o habrían de tenerle por discreto.


ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO

Maestro. Doctor en Ciencias de la Educación

Emérito UCJC

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