144 Lo que abrazamos como estudiantes

       Lo QUE NOS DIO ALAS  

                                EN NUESTRA JUVENTUD 

nos mantiene en vuelo en senectuD           

                                                     EL MORAGAS 


La manía del ahorro en los libros de texto de los alumnos me pareció siempre nefasta. En mis años de mayor y de anciano echo de menos libros perdidos: el Bertoldo que leí de chico (¡Feliz!: Lo encontré citado en San Manuel Bueno Mártir, de Unamuno); la Historia de España de Bruño que me hicieron estudiar; el libro de lectura El Ángel con el que rompí a leer; el texto del Álgebra con que me inicié; La historia de la literatura de Narciso Alonso Cortés en el bachillerato, tan precisa, imposible de encontrar de mayor; las Tres horas en el museo del Prado de Eugenio d´Ors... Estos y otros libros que me auparon de niño y de joven, me podían haber acompañado de por vida. Fueron semillas, gusanos de luz, luces de amanecer que, con los años, seguirían alumbrando los mediodías y los años de la senectud...: de manera fuerte y sólida.

 

El Moragas de la Escuela de Magisterio, ¿lo recordáis? 

Sobre el juego seguiríamos pensando, de tenerlo a mano, algo serio, que para nosotros fue definitivo, porque lo era y sigue siendo. Hoy nos vendría bien recordar su idea del juego que estudiamos en aquel libro, por ejemplo.

Allí aprendimos que el adulto juega cuando está cansado de trabajar, recupera sus fuerzas vertiendo hacia fuera su cansancio. Mientras, el niño solo puede estar cansado de tanto jugar. El juego es su gran refugio donde las sopas no le queman y las tías no le riñen. Se inventa los juegos y los juguetes, y si juega a los juegos de siempre los llena de un entusiasmo que estrena; el palo lo convierte en caballo; la caja de zapatos, en potente camión de mercancías; un trozo de cartón es pluma que puesto sobre su cabecita lo convierte en indio apache que vencerá a mil enemigos que se le presenten; de su mano en movimiento hará un avión de guerra que ametralla...

A la muñeca que llora, ríe, come, habla, se mancha y limpia sola... preferirá el rebujo de tela que pueda convertir en un infante con el que hacer mil maneras de la madre adulta que no es: darle de mamar, dormirlo, hablarlo y escucharlo, limpiarlo, llamarle sucio... Los juguetes que todo lo hacen le dejan poco margen para su mundo mágico.

Los adultos son los que han inventado los juguetes, el niño, no. El juguete es que le roba la poesía al añadirle algo real, que se parece a lo diario y acostumbrado. El niño juega con las cosas como si fueran lo que no son. Si ya lo son, no podrá jugar con ellas como si no lo fueran.

El juguete es válido para él cuando es punto de partida, no punto final.

Cuando de mayores nos encerramos en la habitación de los nietos y ponemos en marcha la veloz máquina del ave, que paramos a voluntad unos instantes al llegar a una estación, cambiamos de vía, frenamos, aceleramos, le damos paso al tren encendiendo unas luce verdes... nos creemos técnicos y nos divierte el creer lo que no somos de hecho, como si lo fuéramos realmente. Volvemos a la infancia. Los que nos observen dirán que somos como niños... Tienen razón.

 
                   

 
    



CARLOS URDIALES RECIO

Maestro. Profesor de Escuela de Magisterio

Emérito UCJC

 

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