LA Verdad hecha piedra, lienzo, música…
La Escuela, si lo es, trabaja los tres valores cósmicos que llama transcendentales: la verdad (razón pura en Kant), la belleza (juicio en Kant) y la bondad (razón práctica en Kant). Llevará de calle los tres.
Pero en nuestra Escuela la verdad va por delante de los otros dos valores. Tiras de la verdad y se te viene la belleza y el bien en el mismo racimo.
Convivimos con personas vivas y, a través de la Historia, con personas difuntas (“Vivo en conversación con los difuntos”, Quevedo) que nos parecen y son la encarnación de la verdad. Han sido estas personas una verdad parcial o la verdad total plantadas frente a nuestra existencia. Las tenemos o las hemos tenido un tiempo más o menos largo delante de nosotros. Todo en ellas era, fue y es verdad. Nos lo mostraron. Lo percibimos. Sus personas eran la verdad: dentro de ellas podíamos escuchar el divino soplo del aliento del Creador en su Génesis.
El caso más notable entre los que tuve la fortuna de convivir fue el del director y profesor de mi Escuela de Magisterio La Salle, Griñón, Madrid.
Se llamaba Nazario González Ramos. Le conocíamos por Orizana, que así se firmaba como poeta. Las mejores liras de la literatura española después de fray Luis de León y san Juan de la Cruz eran las suyas. Licenciado en Historia, era un pensador, un filósofo, un educador nato… componía versos en latín y su facilidad, todo terreno, hizo que en media hora nos redactase unas deliciosas “Ofrendas de Navidad” que le habíamos pedido para esas fiestas. Hicimos nuestro el lema de su vida: “tot lumina tot limina”. Hombre más entero y más verdad todo él no lo he conocido nunca. Era una cumbre de la verdad.
Quizá me hubiera fascinado de semejante manera, a mí y a mis amigos de estudios de entonces, el haber podido mirarle a los ojos a José Antonio Primo de Rivera, mientras hablaba o escribía, mientras pensaba como solo lo saben y pueden hacer los ángeles de Dios. Lo ignoré hasta que cayeron en mis manos sus “Obras completas”. Me rindieron. Aquello, aquel mártir de luceros, era todo verdad, clara y pura, frescor y feliz sed satisfecha que manaba espontánea de una cumbre (“Toda belleza fue tu vida clara”, dejó dicho de él Manuel Machado).
¿Qué decir del maestre don Rodrigo Manrique a quien la muerte (tremenda guadaña medieval), como pidiendo permiso, modosa, viene a la puerta de su casa de villa de Ocaña a llamar con sus nudillos y le invita con respeto a dejar los halagos del mundo…?
¡El Cid Campeador, Isabel la Católica, Santa Teresa de Jesús… el papa Hildebrando, Nicolás de Cusa, el Gran Capitán, el cardenal Newman, Jesús Suevos…!
Cervantes fue para mí siempre un enigma, que tendría que estudiar de querer entenderlo: pero siempre vi en alto, sacudida al viento, la bandera de la verdad de su Quijote, enorme y defintiva insignia al aire y al cielo de la Historia y del mundo.
Mis charquitos particulares, desconocidos para muchos, he de anotarlos aquí, me urge que les mencione: El H. Guillermo Félix, cristiano y castellano de pro, cima; el H. Julián, director de Santa Susana; Fulgencio Andrés, mi ángel en Cádiz; Anselmo Balloco, vicepresens del Laterano; Paul Grieger, amigo y caracterólogo, ciencia y seriedad; Maurice Hermans, investigador; Emiliano Mencía, maestro; J. M. Valladolid, amigo del alma con Jorge Bonilla… Mis numerosos alumnos: Ponce, gaditano; Ginesillo, almeriense; Castro Colás, del Kostka; Marta, del Castillo; Corredoira de Ciudalcampo; Talita de la Cela…
Charquitos, amigos y alumnos de una pieza, verdad de cuerpo entero.
Maestro. Universitas Lateranensis

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