UN CUARTO A ESPADAS (VI)
Tras 14 años de escolarización, antes de entrar en trabajos laborales o en la Universidad, quizá a clase diaria de media hora, es para esperar que de nuestros centros salieran nada menos que jóvenes teólogos con cierta talla.
¿Qué se hizo o qué no se hizo en todo este tiempo? ¿Marear la perdiz?¿Entretener al personal en espera de que caiga como lluvia la gracia del Cielo, olvidando Mt, 11,12: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.»?
¿No hubo ni ha de haber una Escuela que se plantee en serio esta salida de sus aulas de jóvenes teólogos, como lo fueron nuestros antepasados de los Siglos de Oro? Menéndez Pelayo, sabio y enterado, afirmaba que lo fueron. También lo eran nuestros abuelos, que sabían dar razón de las preguntas y respuestas del Catecismo que aprendieron de memoria en sus pueblos.
¿Qué se hizo en esos 14 años escolares que no se quemaron las pestañas de nuestros alumnos con los fascinantes grabados de Gustavo Doré sobre el Antiguo Testamento y el Nuevo? El Cristo de Velázquez, los encantos de Murillo que nos pintó a la Gloriosa, las estatuas de los Apóstoles de San Juan de Letrán…: nos cercaron en vano con su maravilla y su misterio. Su inteligencia y la fascinación que portaban se quedaron en los libros, no pasaron de los ojos a la mente ni se guardaron en el cofre del corazón, como semillas de oro.
¡Ocasión perdida! ¡Que nos urge, hoy!
RAMIRO DUQUE DE AZA
Maestro. Profesor de Teoría del conocimiento

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